El fichaje perfecto... y algo más
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Tal es su apariencia, que sería más propio que jugara con pantalón corto, pero no de futbolista, sino de niño, como aquellos que nos ponían a nosotros hasta que nos salían pelos en las piernas e incluso un poco más tarde, lo que nos daba un humillante aspecto de tirolés adolescente. Personalmente, por esa fisonomía de muchacho en pleno crecimiento, las piernas mucho más largas que el tronco, Robinho me recuerda al muchacho de la película Cinema Paradiso o en general a cualquier chico que se llame Totó, ese tipo de muchachos que sonríen en los escaparates de las pastelerías y les regalan los buñuelos. Seguramente por eso, por el instinto paternal que despierta, temo que en España esté demasiado expuesto ante esos defensas poco sensibles al lirismo de sus fintas y sus bicicletas.Frágil o no, lo veremos, o precisamente por eso, Robinho será, sin duda, la bandera del próximo Real Madrid, la imagen perfecta, la atracción constante, la especie protegida. Un soplo de aire fresco en un equipo demasiado predecible y un fichaje impecable por parte del club, que supo anticiparse a su explosión como figura mundial, por más que les pese a los insaciables agentes del futbolista.
Sin embargo, creo que se equivocan los que piensan que Robinho acabará con la sequía de títulos y resolverá todos los problemas del equipo, esos que arrastra desde hace dos años. Un delantero, aunque sea magnífico (Ronaldo lo es), no es suficiente para modificar el juego del Madrid, ni tampoco basta un central como Sergio Ramos, un lateral como Diogo o un mediocentro defensivo como Pablo García. El juego de un conjunto se dicta desde el centro del campo y ahí le siguen faltando al Madrid, además de hombres, entusiasmo, talento y frescura, justo lo que aportaría Gerrard y justo lo que hubiera aportado hace un año Xabi Alonso. Robinho es un símbolo, pero ese maravilloso golpe de efecto necesita una base. O más.



