El día del fútbol en el sitio justo
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La final de la Champions es al fútbol como el día de San Fermín a los toros. Sólo una vez al año. Puede salir bueno o un pestiño de consideración, véanse las dos últimas ediciones, pero la fiesta está garantizada y el ganador se sentirá esta noche el tío más importante del mundo. Pudieran ser Benítez, Alonso, Núñez y compañía o quizá esos italianos que amenazan al Madrid. En esta competición la leyenda es tan importante como el resultado y mucho más que el juego. Si por fútbol bello fuera, del que le gusta a Florentino, el Milán ganaba de calle, pues tiene más zidanes (Kaká, Shevchenko, Pirlo...) y los samueles y woodgates que él hubiera deseado, es decir Nesta y Maldini.
Pero lo más bello de este día es la pasión de las aficiones. El seguidor que se deja no menos de mil euros por ver a su equipo entiende mejor que nadie qué significa ser campeón de Europa. Pasear por las calles con la camiseta que corresponda, y creer de verdad que ser de un equipo es poco menos que una religión. Claro que los que más saben de religiones son los habitantes de Estambul, tan acostumbrados a un rezo a todo volumen desde Sulimán como una minifalda provocadora en el puente de Galata. Es el lugar adecuado para albergar un evento de este tamaño y que los 60.000 extranjeros que acudimos nos sintamos como en casa.




