Optimista, tarareador y rojo
Hay quienes piensan, entre ellos una parte de la intelectualidad futbolística, que entusiasmarse con la Selección es una extraña enfermedad en la que se corre el riesgo de que te salga por el cogote el rabo de la chapela de Manolo el del Bombo. Por eso se le niega al equipo incluso el beneficio de la duda y por eso los empates a cero se interpretan como síntomas de impotencia y las goleadas, cuando llegan, como cantos de sirena, ya nos pillarán en cuartos. Hay, en la mayoría de nosotros, un fingimiento que se hace evidente en cuanto sopla una brisa de viento contrario.
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T anto como un título, la Selección (y España-país) necesita una urgentísima campaña de imagen, un congreso mundial de publicistas que nos desnude y nos vuelva a vestir, al margen de los casticismos y, en este caso, de las truculencias de la Federación. Hay tanta necesidad de nuevos modelos que hasta surgen de forma espontánea y me refiero a la última moda de tararear el himno, al abrazo de los jugadores mientras lo escuchan y a la innovadora terminología utilizada por Luis para referirse a la Selección, "la roja", de éxito creciente entre las nuevas generaciones, excluidas las del PP.
Dicho lo cual, me declaro optimista, tarareador y rojo (de camisola). Creo en la Selección, en el entrenador y en los nuevos. Y creo también que el buen partido de Raúl ante Serbia no debe entenderse tanto como una demostración de que debe jugar siempre, sino como una evidencia de la utilidad de que lo haga en la segundas partes, al menos hasta que regrese de cuerpo entero. Creo ciegamente en Reyes y sentenciarlo por las oportunidades perdidas me parecería tan injusto como condenar a Torres por su remate al cielo. Todo llegará. Y también creo en Sergio Ramos, un lateral imponente, y en Pablo, y en Xabi Alonso, que no está y hace falta. Ellos son el futuro, la esperanza, magníficos futbolistas sin más victimismo que el nuestro.



