No hizo falta ningún Tachenko

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Esta vez no venía el CSKA con un gigante al frente como aquel Tachenko que en los años 80 nos parecía un Everest insuperable. Los tiempos han cambiado. El CSKA ya no se llama TSKA y su pabellón ya no tiene ese tono caqui de los militares que poblaban sus gradas. Ahora ficha extranjeros, y ficha muy bien. Tiene en su plantilla dos estadounidenses (Granger y Brown), un griego (Papaloukas), un danés (Andersen) y un estonio (Muursepp). Incluso un jugador negro y ruso, John-Robert Holden. El CSKA se ha abonado al aperturismo. Ya no hay que ser ruso rusísimo, ya no hay guerra fría ni Rockys a los que noquear. Quedan lejos aquellos años 80 en los que el Real Madrid se enfrentaba en Europa a Eremin, Lopatov, Tickonenko, Pankrashkin y compañía. Y más lejos aún aquellos años 60 en que los rusos y los madridistas luchaban por el control de un baloncesto europeo que tenía sus otras capitales en Tel Aviv, Milán y Varese.
Todo cambia, incluso el baloncesto, pero Aleksandar Gomelski sigue ahí. El coronel ruso ganó las tres primeras Copas de Europa (1958, 1959 y 1960) dirigiendo al ASK Riga, por entonces intratable. De ahí pasó al CSKA y de ahí, a la historia, incluso al Hall of Fame (elegido en 1995). El presidente del CSKA ha sido testigo del paso del baloncesto en blanco y negro al baloncesto en color. De la autocanasta de Alocén a los triples de Jasikevicius. De la magia de Belov al talento de Bodiroga. De la fuerza de Meneghin a los rebotes de Vujcic. Sus ojos lo han visto todo. Lástima que no tengamos aquí y ahora a Héctor Quiroga para contárnoslo. Con él, aquellos CSKA-Real Madrid en TVE a las cinco de la tarde nos sabían a gloria. A triple sobre la bocina.



