Pastor, humilde pero exigente
"Mi mujer dice que soy un extraterrestre, que no me emociono", suele decir Juan Carlos Pastor, el entrenador que estaba en el Valladolid pensando en su equipo cuando un día el presidente del club y amigo suyo le dijo: "Oye, que López Ricondo quiere ofrecerte el cargo de seleccionador para el Mundial". Este vallisoletano no se inmutó. A sus 35 años y con dos hijas sólo pensó en que sería bonito "coger la oportunidad de estar en un gran acontecimiento".
Pasó el tiempo y no hubo más noticias de Madrid. Otro entrenador joven se hubiese preocupado, indagando, pidiendo explicaciones. Pastor, no. Siguió a lo suyo. Sería una falsa alarma, tendría la Federación otro compromiso. Pero le llamaron y dijo que sí "en una cena, sin más oferta que dirigir a la Selección hasta el siete de febrero". Sabía que, pasase lo que pasase, volvería a casa a preparar la Liga desde mañana.
De ser un técnico de club al primer plano de la actualidad. Eso se paga y lo sabe. Le han criticado, incluso le han utilizado como baza electoral. Él, sin mayores logros que formar a jugadores para los grandes equipos, frente a Valero Rivera, el seleccionador de la candidatura alternativa. Pero Juan Carlos no ha tenido ni un mal gesto: "Si no me quieren, me voy a casa".
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Luego, metidos en faena, llegaron las críticas tácticas porque Juan Carlos es exigente. Tanto que cada jornada era más que una simple doble sesión de entrenamientos. Mucha sesión de vídeo, con los jugadores con papel y lápiz para tomar notas. Lo nunca visto. Pastor no tenía tiempo, y debía exprimir a los suyos. Y luego, imbuirles en su filosofía defensiva "porque los partidos se ganan atrás, donde se demuestra que con talento y estudio del contrario se tiene mucho ganado".
La derrota ante Croacia abrió una pequeña grieta, pero la cerraron los jugadores, todos una piña tras él. Lozano, sentado en dos partidos, no abrió la boca, ni un mal gesto ni una mala cara. El entrenador tenía al equipo controlado y rendido a su filosofía. Buen ambiente y todos a una.




