El gran legado de un museo
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Se junta una empresa que invierte en deporte (Würth), un profesional del deporte (Pablo Antón), un político entusiasta del deporte (Martín del Burgo) y uno de los mejores deportistas de todos los tiempos (Bahamontes), todos ellos además unos apasionados del ciclismo, y sale un museo. Un museo, cómo no, ciclista. Würth pone las instalaciones, Pablo Antón la idea, Martín del Burgo las facilidades y Bahamontes sus bicicletas y los contactos. Así de fácil es rendir culto a la memoria histórica de un deporte que ha levantado entre millones de personas las mismas pasiones que han sentido, y sienten, nuestros cuatro protagonistas por el ciclismo. Ojalá cundiera el ejemplo entre los restantes deportes.
Un museo ciclista no parece que tenga muchas cosas que ver, la verdad. Una bicicleta no deja de ser más que dos ruedas y un cuadro con manillar. Pero la realidad es que la evolución de la bicicleta de carreras no ha afectado sólo al peso y a los materiales, sino también al diseño. A los niños les sorprenderá. Es a ellos a quien más está dirigida la exposición. Para familiarizarlos con un deporte que cada año les necesita más, para que sean ellos quienes construyan un futuro limpio y ético. Porque si hace más de medio siglo el hombre subía el Tourmalet con bicicletas de doce kilos, para hacerlo ahora con otras que pesan la mitad no hace falta envenenarse. Es la lección que deben aprender y es el gran legado de este museo.




