Cuando el Cavallino no trotaba
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Ahora que la hegemonía de Ferrari nos aburre es fácil dejar en el olvido que esto de la gloria suele ser efímero, que los éxitos van por rachas. La de los coches rojos está resultando larga, pero no siempre ha sido así. Tanto, que antes de Michael Schumacher la escudería de Maranello atravesó una crisis de la que llegó a sentirse incapaz de salir, buscando incluso explicaciones esotéricas a su desgracia. Desde 1979 a 1999, dos largas décadas, Ferrari no se comía ni un colín y se decía que una maldición perseguía a sus pilotos y a sus coches: la madre de un empleado despedido de la fábrica, conocedora de los poderes de la brujería, había arrojado a los brazos del infortunio a Ferrari. La leyenda dice que por eso se mató Gilles Villeneuve en 1982 y que por el mismo motivo campeones como Alain Prost fracasaron en el intento de retomar la senda del triunfo.
De todo esto, como digo, apenas ya ni nos acordamos. Normal cuando Schumi está camino de sumar su quinta corona de pilotos consecutiva y la escudería conquistó ayer la sexta de marcas seguida desde 1999. Y no es una cuestión de brujería, es mucho más claro y simple. El trabajo, el rigor y la búsqueda de la excelencia de un grupo humano capitaneado por Jean Todt son la clave del éxito. Nada es por casualidad, nada es gratuito. La imagen de Ross Brawn zampándose ayer un platano en el pit lane de Hungaroring mientras que sus pilotos se dirigían hacia un nuevo doblete fue esclarecedora. El azar no existe cuando ni el más mínimo detalle se deja a su influencia. En Ferrari lo saben bien porque han vivido situaciones muy distintas y por el mismo motivo saborean y disfrutan cada éxito como si fuera el primero... o el último.




