Adiós y merci, Zidane

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Con el champán todo parece menos grave. Anoche, con los amigos con quienes estuve viendo el partido, justo después del gol griego, abrimos una botella de Millesime del 95. Para darnos ánimo, para creer todavía en una hipotética victoria de la selección francesa. Estábamos acabando el segundo vidrio lleno de burbujas cuando el señor Frisk pitó el final del partido. Es verdad que era difícil mirar de frente el resultado: 1-0 a favor de Grecia. ¡Qué raro! Porque en la boca tenía el mismo sabor achampanado, sinónimo de tantas alegrías: un Mundial en el 98, una Eurocopa en el 2000.
Estas imágenes de alegría me volvían a la cabeza durante largos minutos. Miles y miles de segundos que nos impedían a los franceses sentirnos frustados por esta derrota. En la prensa de mi país no aparecerán esta mañana titulares tipo Como siempre, el fracaso. No, nosostros nos habíamos acostumbrado a la victoria y hoy tenemos que volver a una cruel realidad. Se ha cansado una generación fabulosa, se acabó una época grandiosa. ¿Quien sería yo para quemar los ídolos que he adorado tanto? No voy a maldecir tampoco a unos griegos que no han robado nada y que, con sus limitaciones, han sabido alcanzar la semifinal. El próximo 16 de julio Zidane volverá a entrenarse con el Real Madrid. Estaré yo ahí para decirle: Merci, Zizou, merci la France.



