Velocidad, fuerza y relajación

Durante diez segundos el mundo se detiene cada año. Corren los hombres más rápido del planeta. Son unos instantes eléctricos, en los que la naturaleza humana entra en contradicción, porque para correr rápido hace falta ser muy fuerte, y la fortaleza parece estar reñida con la velocidad. Los ocho protagonistas son como centellas en la pista, capaces de dar cuatro zancadas y media por segundo, el doble de la frecuencia que alcanza un ciclista. Y para ello hace falta fuerza, mucha fuerza, que se obtiene con trabajo en el gimnasio y una cuidadísima preparación biológica.
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La fuerza es necesaria para catapultarse en la pista y también para impulsar una masa de 80 kilos hacia delante. Mas el contacto del pié con el suelo ha de ser tan fugaz que no ha de durar mucho más de dos décimas de segundo. En tan breve tiempo el talón impacta con el tartán, la suela se extiende y la puntera despide el cuerpo con la fuerza del zarpazo de un oso. Esto es algo literal, pues después de la carrera pueden apreciarse en la pista las marcas que han dejado los clavos de las zapatillas, tal es la energía que han desencadenado los atletas en cada uno de sus impulsos.
Pero no se trata sólo de ser rápido y fuerte. Hay que tener también un sistema nervioso privilegiado para hacer compatible la velocidad con la potencia. Por eso en 100 y 200 metros no suele haber atletas blancos. La raza negra presenta unas mejores condiciones naturales para correr rápido, pero no crispado. Ése es el secreto. Fíjense en las imágenes cuando corren. Se les mueven las mejillas, los labios, el arco de las cejas... Corren tan relajados que no contraen todo lo que no sea músculo. Y eso es algo que no está al alcance de muchos. Al menos, de los blancos.



