Pionero y desconocido

Body Harvest, el precursor del sandbox moderno

El género de moda comenzó a gestarse a raíz de propuestas muy particulares. Y en una de ellas había supersoldados, alienígenas y viajes en el tiempo.

Hablar de videojuegos de acción en mundo abierto —popularmente conocidos como sandbox— es hablar de RockStar y Grand Theft Auto. El género cuenta con millones de seguidores y cada día son más los estudios que apuestan por una fórmula inconfundible: escenarios que podemos recorrer con libertad, vehículos que nos permiten desplazarnos y acción a raudales son los ingredientes más característicos del cóctel de moda. Sin embargo, la longeva y exitosa franquicia comenzó a cimentarse a partir de un título que dista mucho del resto de sus entregas. Atiende al nombre de Body Harvest, se lanzó en exclusiva para Nintendo 64 hace más de veinte años y fue desarrollado… por la propia RockStar North, antaño conocida como DMA Design.

La excéntrica idea de Dave Jones

En paralelo al desarrollo de la que sería la primera entrega de GTA, el talentoso creativo fundador del estudio escocés, que venía de sacarse de la chistera una genialidad como Lemmings, hacía las veces de Productor Ejecutivo de Body Harvest. El título estaba destinado a acompañar a Nintendo 64 durante su lanzamiento, pero su temática no apta para menores dio lugar a ciertas fricciones con el gigante japonés, que no estaba dispuesto a tomar las riendas de la distribución. Su llegada se demoró más de lo previsto, hasta que finalmente se alcanzó un acuerdo con Gremlim Interactive, quien mostró su interés por el título y lo lanzó al mercado durante los compases finales de 1998.

El juego podría haber llegado a la par —e incluso antes— que Grand Theft Auto, pero los citados obstáculos dieron lugar a que lo hiciese después. Sin embargo, si tenemos en cuenta la fecha para la que estaba previsto, incluso a día de hoy sorprenden las características con las que contaba. Y es que, en resumidas cuentas, Body Harvest fue capaz de ofrecer prácticamente todos los elementos que hoy podemos encontrar en cualquier sandbox moderno, con la diferencia de que lo hizo hace más de dos décadas.

Pionero, pero con todo en su contra

Cuando decimos que Body Harvest es uno de los precursores del sanbox moderno, lo hacemos tras profundizar en sus mecánicas, explotar sus posibilidades y comprobar que DMA Design dio forma a un conjunto de lo más ambicioso para tratarse de un videojuego de los años noventa. Sin embargo, también contaba con varios lastres visibles como un apartado técnico paupérrimo —popping, clipping, tirones...—, una factura visual poco atractiva y un sistema de control terrible que no le ayudaron. Y llegar al mercado junto a colosos como Metal Gear Solid, Resident Evil 2 y Half-Life, tampoco. Las cosas como son: para descubrir sus bondades era necesario hacer un ejercicio de paciencia y perdonar defectos que no eran moco de pavo.

De todos modos, eso de aceptar ciertos problemas con la única intención de descubrir si estamos ante algo que merece la pena descubrir no es nada nuevo en el medio. Sin ir más lejos, ¿qué habría sido de obras como Deadly Premonition, NieR o Alpha Protocol si los usuarios hubiesen optado por borrarlos de su lista después de una chocante primera impresión? Ninguno de ellos contaba con los valores de producción habituales en los grandes juegos que triunfan entre las masas, pero todos acabaron entrando al selecto club de los juegos de culto. Puede que hablar de Body Harvest en esos términos sea excesivo, pero no es mentira que fue una experiencia de lo más enriquecedora debido a su fórmula, pionera de muchas propuestas que comenzamos a ver a partir del siglo XXI.

Alienígenas, supersoldados y viajes en el tiempo

Body Harvest destila el inconfundible aroma de las películas americanas de serie B, así que son pocas las ideas que se nos ocurren para mejorar su premisa: una invasión extraterrestre, en la que no faltan los insectos del tamaño de un autobús, decidida a cosechar a la población de nuestro planeta como parte de un ritual que se repite cada veinticinco años. Para llevar a cabo su malvado plan, cuentan con una particular manera de atrapar a sus presas, ya que deciden crear barreras de energía en aras de fragmentar cada región en múltiples sectores. Por supuesto, las fronteras están custodiadas por las reinas del enjambre, no sea que algún valiente decida buscar un modo de escapar.

Las cosas empeoran por momentos: la población continúa disminuyendo y las grandes ciudades comienzan a convertirse en un enorme montón de escombros. Por suerte para lo que resta de humanidad, un grupo de la resistencia terrestre tiene claro eso de que ante tiempos desesperados, medidas desesperadas. ¿Y cuál es el plan? Nada más y nada menos que ocultarse en una estación espacial y experimentar con los propios humanos hasta crear a un supersoldado; atiende al nombre de Adam Drake, cuenta con los medios suficientes para viajar a través del tiempo y es el protagonista del título. De él, y de nadie más, depende el destino de la Tierra.

Body Harvest a los mandos; un conjunto que todavía sorprende

Si hubiese que definir brevemente cómo se juega al título de Nintendo 64, podríamos decir sin miedo a equivocarnos que de la misma forma que a cualquier sandbox actual. Más allá de sus peculiaridades (viajes en el tiempo, regiones separadas por bloqueos, una temática manida y repleta de clichés…), el juego nos lleva por una serie de escenarios que actúan como mundos independientes. Todos están basados en lugares reales, aunque cada uno se sitúa en una franja temporal distinta: Grecia en 1941, América en 1966, Siberia en 1991… Todas las ubicaciones cuentan con su propias características y DMA Design realizó un trabajo notable a la hora de aprovecharlas para ofrecer al jugador una gran variedad de situaciones.

Para poneros un ejemplo práctico, la versión de Grecia en los años cuarenta nos permite acceder a diferentes templos y ruinas, mientras que vemos pequeñas ciudades poco desarrolladas y vehículos acordes a la época. Sin embargo, nada más aterrizar en Siberia podemos comprobar que se encuentra en plena expansión industrial y la zona está repleta de centrales nucleares, instalaciones militares y otros elementos característicos. Por supuesto, todo el trabajo de documentación fue pensado para plasmarse con sumo acierto en la faceta jugable del título, pues las numerosas misiones que nos toca superar en cada porción del mapa nos exigen aprovechar todos los elementos que tenemos a nuestra disposición.

¿Defender una granja de una invasión de hormigas gigantes a los mandos de una cosechadora? ¿explorar un templo subterráneo en busca de un escudo legendario capaz de reflejar la luz solar? ¿robar un camión de bomberos y acudir en auxilio de una aldea en llamas? Cualquiera de estos objetivos no es más que una muestra ínfima de la enorme cantidad —y variedad— de misiones a las que debemos enfrentarnos en Body Harvest. Y es que, en pleno 2021, todavía sorprende echar un vistazo al pasado y ver que el diseño del juego no tiene demasiado que envidiar a cualquier alternativa del género.

Los escenarios tienen un tamaño considerable, teniendo en cuenta que hay cinco mundos y cada uno de ellos ofrece varias regiones que funcionan prácticamente como mapas individuales, a pesar de que a menudo nos toca subirnos a un vehículo y volver a una zona completada en busca de un objeto, o bien porque tengamos ganas de explorar libremente. Y ya que hablamos de vehículos, no podemos obviar que son uno de los principales atractivos del juego. Hay más de medio centenar de ellos y su implementación es fantástica; son necesarios para avanzar, no siempre encontramos el que necesitamos y debemos mirar por la reserva de combustible como si fuese un auténtico tesoro.

Pequeños automóviles, motocicletas, lanchas a motor, helicópteros militares… y otras lindezas como todo tipo de maquinaria industrial, buques de 50 metros de eslora e incluso un platillo volante, entre otras. En Body Harvest, escenarios y vehículos forman el binomio perfecto; en todo momento debemos fijarnos en la topografía, las condiciones que nos rodean y decidir qué tipo de vehículo nos viene mejor para avanzar. Por ejemplo, hay una misión que nos exige visitar un enorme templo situado en mitad de un lago en la isla de Java, y tenemos dos maneras de abordar la situación: encontrar una pieza y llevarla a un pescador para que repare su barca y nos la preste, o desandar un largo camino hasta el aeropuerto para robar un hidroavión y sobrevolar la región al completo.

Esta variedad de situaciones —y las múltiples maneras de superar cada obstáculo— es la gracia del título, pues la sensación de explorar un entorno hostil mientras luchamos contra alienígenas, hablamos con los escasos habitantes que todavía sobreviven y buscamos la forma de progresar son elementos que dan lugar a una gratificante y permanente sensación de descubrimiento.

En definitiva, Body Harvest es, gracias a su mezcla de ideas, un videojuego muy particular. Tanto por ofrecer una propuesta adelantada a su época, como por la facilidad con la que un nefasto envoltorio y un terrible momento para llegar al mercado fueron suficientes para enviarla al pozo del olvido. Pero bueno, si hay alguien que sienta curiosidad por probarlo, el cartucho sigue funcionando en una Nintendo 64, y dicen que más vale tarde que nunca...

Body Harvest

Tomamos el papel de un soldadito creado para la ocasión por nuestros mejores científicos. Con él deberemos viajar por diferentes partes de la historia y acabar para siempre con la amenaza de los molestos aliens.
Body Harvest