“En la transición mandaron el boxeo a las catacumbas”

BOXEO | DAVID GISTAU

“En la transición mandaron el boxeo a las catacumbas”

David Gistau, autor de Golpes Bajos, novela negra ambientada en el mundo del boxeo.

FELIPE SEVILLANO

DIARIO AS

David Gistau presenta en AS su última novela, en la que se mezclan el boxeo, las mafias y los bajos fondos, la alta sociedad y el mundo del espectáculo y la farándula.
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¿Qué le enganchó del deporte del boxeo?

Hay dos formas distintas de llegar a él. Una es la literatura, la cultura. Hay a gente a la que no le gusta ir a una velada a Fuenlabrada pero que sí ve películas de boxeo. A mí me enganchó por el lado del deporte. Comencé a boxear de jovencito en mi barrio, con los amigos.

¿Y sus primeros recuerdos?

Debe ser la única pasión que no he heredado de mi padre. Me lo inventé yo solito. Había un gimnasio cerca de mi casa y nos apeteció probar, sin más.

¿No le cautivó nadie?

Hombre, mi generación coincidió con la explosión de Poli Díaz, que fue un fenómeno cuando el boxeo estaba muy deprimido en España. Luego vino Javier Castillejo, que siendo un boxeador mejor y más campeón, no era tan carismático como Poli. La gran noche pugilística de mi generación fue cuando nos quedamos en vela para ver a Poli contra Pernell Whitaker en Virginia.

¿El boxeo es un filón para la novela negra?

Los profesionales están un poco enfadados con esto. Dicen que los clichés de la novela negra estigmatizan el boxeo. Muchos han formado su opinión de este deporte por las películas de gánsters. Creen que el cliché cultural se ha comido el deporte. Y en parte tienen razón. Yo mismo he cometido ese error en la novela. Pero yo no he escrito un reflejo periodístico del mundo del boxeo en España. Es una novela negra, donde todo se dramatiza y se inventan delitos que no existen en la realidad.

¿Qué novelas de boxeo fueron referentes para usted?

La que más, ‘Más dura será la caída’, de Budd Schulberg. Luego se hizo una peli con Humphrey Bogart. Dentro de que yo soy un gran admirador de la novela americana, el autor en particular que más se parece a lo que he querido hacer es Budd Schulberg. La suya es una novela muy sórdida y poco condescendiente con el boxeo, muy negra, de gánsters que exprimen a los boxeadores y luego los dejan tirados. Mi novela quiere parecerse a esa en el ambiente, siendo Schulberg infinitamente mejor a cualquier cosa que yo pudiera hacer, evidentemente. Para mí, Schulberg es mejor que Hemingway y Scott Fitzgerald, es un tío increíble…

Usted le dedica su novela a Garci y a Germán Areta...

A parte de que Garci es muy amigo mío, compartimos la fascinación por esa novela americana de los 40, 50 y 60. Se la dediqué a él y al personaje de ‘El crack’, porque Germán Areta es Alfredo Landa, ya que me pareció que Garci quiso hacer con la película lo mismo que hice yo con el libro. Garci agarró el mundo de Raymond Chandler, de los detectives de Estados Unidos, y lo trajo a la calle Leganitos y lo puso a jugar al mus. Yo he agarrado el mundo de Schulberg, de los boxeadores de los años 50, los he traído al Lucero y los he puesto a comer gallinejas. Es el mismo experimento.

"Yo he agarrado el mundo de Schulberg, de los boxeadores de los años 50, los he traído al Lucero y los he puesto a comer gallinejas"

¿Cómo es ese ambiente del boxeo en realidad?

Mucho más honesto de lo que parece en mi libro. Y en España mucho más precario, porque aquí este deporte está un poco abandonado. Es un mundo de poca gente con muy buena relación entre ellos y con un sentido de la fraternidad potenciado, porque se sienten abandonados por las televisiones y por los prejuicios. Es un mundo que, además, tiene mucha vocación de escuela de hombrecitos. Es la misión autoimpuesta de dar valores a los chicos que boxean. Luego, no son muchos los gimnasios que preparan profesionales, y hay mucha relación entre ellos también.

¿Cómo le acogieron a usted en ese mundo?

Muy bien… No es un mundo hostil. Los boxeadores están deseando que se ocupen de ellos. Yo he intentado escribir siempre en los periódicos de boxeo, pero no en plan literario, sino de las veladas. Y eso ha producido mucho agradecimiento.

¿Hizo mucha labor de campo para escribir la novela?

Fue un proceso involuntario. Llevo ahí metido los cuatro o cinco últimos años, boxeando en plan amateur, y he conocido gente. Me han contado anécdotas que han ido quedando en la memoria como material posible para hacer esto algún día. Y eso ha cristalizado en la parte pugilística de la novela. Luego hay otra trama, la de la presentadora (Magda, en la novela) y los crímenes. No quería una novela sólo encerrada en el boxeo, sino una novela negra. No es un reportaje…

Claro…

Usted sabe que a los periodistas nos cuesta mucho inventar. Estamos sujetos a la obligación de ser sinceros, honestos. Y cuando te pones a hacer una novela te tienes que repetir varias veces: “Oye, que te lo puedes inventar todo…”. Y se te hace raro decir: ‘Hala, voy a matar aquí a un tío’ (Risas).

“Al nuevo español reprogramado para la transición se le permitieron los toros, no el boxeo”

En la novela enfrenta dos mundos: el de la farándula y el del suburbio. ¿Cuál es más honesto?

En la novela el del suburbio. Es una idealización. Quería que Madrid fuera protagonista, y en esta ciudad hay barrios que son compartimentos estancos, que no entran en contacto el uno con el otro. El boxeadorcito de Lucero nunca va a la calle Serrano. Y a un vecino de Serrano es difícil verlo en Lucero. Mi pretexto para juntar los dos mundos fue el romance inventado entre Alfredo y Magda.

¿Por qué ha caído en desgracia en España el boxeo?

Pues es algo que he hablado mucho con su director, Alfredo Relaño, porque él hizo muchas crónicas de boxeo. Era una pasión popular en la España en los años 70. Hasta el médico personal de Franco era el presidente de la Federación de boxeo, Vicente Gil. Él es quien crea a Legrá, a Urtain… Es un deporte que gustaba y el régimen incluso se decidió a fabricar a grandes boxeadores que fueran lo que Primo Carnera en la Italia de Musolini.

¿Y qué pasó?

Pues que llegó la transición y hubo una especie de pedagogía social colectiva con la que se pretendió fabricar al nuevo español que iba a vivir en la democracia. Y se decidió que el boxeo no iba a gustar. Al nuevo español, dentro de la reprogramación colectiva, se le permitieron los toros, pero no el boxeo. Y mandaron ese deporte a las catacumbas sociales. De repente empezó a tener mala imagen y se convirtió en una cosa de gánsters y macarras. La única excepción a eso fue Poli Díaz.

Hablaba de fútbol y toros, dos formas muy dramáticas para poder salir de pobre…

Y el futbolista también, aunque es menos trágico, porque no se juega la vida ni le pegan. Pero el futbolista también está en ese camino entre la riqueza y la pobreza. Los únicos deportes que no están en él son los universitarios, como el baloncesto, que no es un redentor de pobres al menos en Europa, porque en EE UU sí se juega en los guetos. En cambio, el boxeo y los toros tienen ese componente trágico. Es lo que dijo Tyson cuando le preguntaron qué habría sido en otra vida.

“La situación del boxeo en España es horrible, hasta campeones como Rubén Nieto necesitan un segundo trabajo”

¿Qué contestó?

Ejecutor de silla eléctrica (risas). Y es verdad.

¿El boxeo es cruel?

No, aunque el final de la novela dé esa sensación. A mi protagonista le permití ganar su título, pero en unas circunstancias en las que ya no quería ganarlo. Una putada para él.

¿Y el boxeo real?

Tiene los índices de crueldad de cualquier deporte en el que se puede ganar o perder. La derrota es cruel para todo el mundo, seas boxeador o futbolista. Eso, sin negar el componente violento que tiene el boxeo, que puede afectar a la salud de sus protagonistas. Pero, del mismo modo, es un deporte que tiene resortes de protección: árbitros que paran la pelea, cuentas protectoras… Eso no se hacía hace 30 años.

En la novela hay dos combates de boxeo apasionantes.

Sobre todo el segundo. Está inspirado en el que hicieron Nicolás González y Rubén Nieto por el campeonato de Europa del superligero el verano pasado. Fue un combate soberbio en el que se cayeron los dos boxeadores al suelo al menos una vez. Lo vimos en La Cubierta de Leganés y la gente se quedó de pie, alucinando. Fue tremendamente intenso y bonito. Ganó Rubén Nieto. La única diferencia es que ese combate lo pararon antes de que ocurriera lo que ocurrió en el mío de la novela. Ese fue mi homenaje silencioso a esos dos boxeadores que protagonizaron un combate tan bonito.

¿En qué momento está ahora el boxeo profesional en España?

Si lo comparas con EE UU, horrible. Hasta los campeones de Europa, como Rubén Nieto, tienen un segundo trabajo, de jardinero o de chófer. Pero creo que la percepción social está cambiando, entre otras cosas, porque el boxeo ha entrado en gimnasios pijos.

¿Se ha abierto una ventana?

El otro día lo comentaba con Jero, mi entrenador. Vimos un anuncio de un detergente en el que un niño se manchaba la camiseta con barro no jugando al fútbol, sino pegándole a un saco. ¿Qué marca habría querido relacionar su imagen con el boxeo hace unos años?

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