NBA

Parish, el ‘doble cero’ para la eternidad

LeBron ha superado en número de partidos en la NBA a Parish, el pívot de los inolvidables Celtics de los ochenta, los de Larry Bird, que también fue campeón con Jordan.

Robert Parish, con Larry Bird y Kevin McHale durante un partido contra los Pistons.
Steve Lipofsky
Juanma Rubio
Redactor Jefe de la sección de Baloncesto
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
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He pasado de la cárcel a un ático de lujo”, dijo Robert Parish el 9 de junio de 1980, cuando se enteró de que había sido traspasado de Golden State Warriors a Boston Celtics. En la Bahía llevaba cuatro años en los que no había sido feliz y, de hecho, barruntaba que su carrera en el baloncesto profesional sería corta. Pero en los Celtics echó raíces y todo cambió: jugó catorce años a los que añadió dos en Charlotte Hornets y uno en Chicago Bulls, ya en el ocaso y para convertirse en el campeón de la NBA más veterano: 43 años y 254 días. Solo Nat Hickey en 1948 (45 y 363) y Kevin Willis (44 y 224) pisaron una pista con más hojas de calendario a sus espaldas. Las 21 temporadas en al NBA de Parish (1976-97) marcan el tercer mejor dato de siempre, superado por Vince Carter y por LeBron James, el devorador de récords que le ha quitado a Parish uno de esos que hace no tanto parecían inalcanzables. Uno de los gordos: el de más partidos en la NBA. Ahora Parish 1.611 y LeBron, 1.612. Y después de ellos, Kareem Abdul-Jabbar (1.560).

Red Auerbach cambió la carrera, y la vida, de Parish. Y, como tantas veces, movió a su antojo los hilos de la NBA en aquel traspaso (9 de junio de 1980) que ayudó a definir la primera NBA que conocimos en Europa, la de las colisiones de Lakers y Celtics en las Finales de los años 80. En una jugada maestra, Auerbach envió el número 1 del draft de 1980 y otra primera ronda a la Bahía a cambio de Parish y un pick 3 que invirtió en… Kevin McHale. Un nuevo mundo para un Larry Bird que afrontaba su segunda temporada en la NBA. El inolvidable big three, uno de los mejores frontcourts de siempre (uno que todo el mundo recuerda: Bird-McHale-Parish), la fuerza motriz del equipo campeón en 1981, 1984 y, con uno de los mejores equipos de la historia, 1986. Cuando Bill Walton, ya muy mermado por las lesiones, se sumó como sexto hombre. Cuando la fórmula celtic alcanzó la perfección.

Una carambola... y Larry Bird

La primera idea de Auerbach, curiosamente, no era esa. Su sueño (frustrado) había sido atraer a la joya universitaria del momento, aquel Ralph Sampson de más de 2,20 que no dio el salto a la NBA hasta 1983 (número 1, rumbo a lo que después fueron las torres gemelas en Houston Rockets junto a Hakeem Olajuwon). Un año antes no se había querido presentar para evitar el riesgo de ir a los Clippers (todavía en San Diego) porque el número 1 se decidió entre aquellos y los Lakers vía moneda al aire. Le salió cara a los segundos, que tenían el pick gracias a los Cavaliers y lo invirtieron en James Worthy. Dos años antes, Sampson decidió que no estaba listo por mucho que le hubiera impresionado la visita de un Auerbach que se presentó en la casa de sus padres con un millón de dólares en un maletín y una frase en la boca: “Come and play for the migthy Celtics”. Ven y juega en los poderosos Celtics.

Pero el plan B acabó siendo historia de la NBA. Auerbach Convenció a todo el mundo de que solo tenía ojos (ojos y número 1) para Joe Barry Carroll, y enredó a los Warriors hasta cerrar el citado traspaso en el que les envió los picks 1 (sería Carroll, que no tuvo una carrera precisamente brillante) y 13 (Rickey Brown) a cambio de la elección número 3 (destinada a McHale) y Parish, que no había encontrado su sitio en unos Warriors que sufrían la resaca del anillo de 1975. Y que en Boston estaba llamado a ser el suplente de Dave Cowens, campeón en 1974 y 1976 y ocho veces all star que decidió retirarse justo antes del inicio de ese curso 1980-81 para sorpresa de todos y enorme disgusto de un Larry Bird que nada más conocer la noticia se giró hacia Parish: “Será mejor que espabiles”.

En Boston, el pívot recién llegado se puso a las órdenes de Bill Fitch, un entrenador ultra estricto que había trabajado con los Marines y cuyos métodos durísimos solo deleitaban a Larry Bird. “Es como si quisiera matarme”, dijo un Parish que bajo su mando, y al lado de Bird y un McHale que tardó cinco años en ser titular indiscutible, transformó su físico y su espíritu competitivo y se convirtió en la roca a la que vimos defender a Mo Malone en ruta al anillo de 1981 y robar un balón clave a McAdoo en la prórroga del segundo partido de la Final de 1984 contra los Lakers, una serie legendaria (4-3 verde) en cuyo cuarto partido perdió definitivamente cualquier complejo de inferioridad ante Kareem (le ganó 16-6 la guerra del rebote en el séptimo encuentro) y dejó algunas de las acciones más recordadas de su carrera: dos fallos a los que siguieron dos rebotes de ataque y finalmente un 2+1 ante el propio Kareem que espoleó una (otra…) remontada imposible de su equipo, la intercepción del pase errado por el que a Magic se le llamó durante los siguientes meses Tragic Johnson…

En los playoffs de 1986 jugó con los dos tobillos lesionados para asegurar su tercer campeonato, y once años después y ya con 43 años tuvo que enfrentarse a Michael Jordan en un entrenamiento para hacerse un hueco en los Bulls del quinto anillo: “Conmigo como pívot, los suplentes estábamos machacando a los titulares en un entrenamiento y Michael me dijo que me iba a patear el culo. Yo le dije que me lo demostrara si estaba tan seguro… Creo que era más una amenaza que un test. Le gustaba poner a prueba a los recién llegados”. Phil Jackson, por su parte, adoraba tener en nómina a jugadores expertos, inteligentes y llenos de cicatrices competitivas.

Decía Bill Walton que Parish era pura profesionalidad, una roca sin un solo adorno. Y la mejor suspensión -entonces- desde la media distancia de cualquier pívot en la historia. Era aquel tiro, inolvidable, que cogía mucho arco desde su 2,16 de envergadura inacabable. Era la defensa, las batallas contra Kareem Abdul-Jabbar, los rebotes en cascada, uno detrás de otro, la intimidación y las llegadas en transición por el carril central, más rápido de lo que parecía lógico para un cuerpo como aquel.

Y era, palabra de McHale, la capacidad de estar siempre presente, siempre a disposición de sus compañeros sin faltar a ningún entrenamiento, a casi ningún partido. Por eso los 1.611: entre 1976 y 1996 su mínimo en una temporada fueron 72 partidos jugados. Promedió en su carrera 15,5 puntos y 9,1 rebotes. Fue cuatro veces campeón, incluida la última con los Bulls de Jordan, nueve all star, dos All NBA y es hall of famer con su mítico 00, el doble cero, retirado en el Garden. Lo llevó desde que empezó a jugar en su Luisiana natal, con doce y porque medía casi dos metros aunque no le gustaba nada el baloncesto. En su equipo elegían primero los mejores, y a él le dejaron el último. Así que así, con un golpe de desprecio, le cayó ese 00 que acabó siendo icónico. Así se escribe, a veces, la historia.

Cedric Maxwell, campeón con él en 1981 y 1984, le dio su inolvidable apodo: Chief, el gran jefe indio. Una conexión con Chief Bromden, el personaje que se movía en perpetuo silencio en Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco. Sigue siendo, todavía, líder de los Celtics en rebotes defensivos, ofensivos y unos tapones que, conviene recordarlo, no se medían durante la carrera de Bill Russell. Y hasta 2018 no tuvo sus estadísticas y récords con Centenary en los libros de historia de la NCAA. Aunque promedió más de 21 puntos y casi 17 rebotes en cuatro años de College, fue una especie de fantasma en un equipo sancionado sin ir al torneo nacional y cuyos números no contabilizaban porque había sido pillado, de forma escandalosa, manipulado test que permitían forzar la elegibilidad de jugadores. Entre ellos, un Parish que a pesar de todo no quiso irse a otra universidad ni saltar antes al baloncesto profesional. En las franquicias, que ya andaban muy pendientes de él, llegaron a plantearse si era un ejemplo de lealtad o un caso incorregible de mala toma de decisiones.

De una carrera monumental al olvido

Leyenda de una época de leyenda, la de los 80, la NBA, en sus aniversarios redondos, lo incluyó en sus listas conmemorativas de los 50 y los 75 mejores de la historia. Su figura, inolvidable en las pistas, languideció después, desconectada de una liga a la que intentó volver en 2013, a la desesperada y porque, dijo, le agobiaba no hacer nada y se estaba quedando sin dinero. Llegó a vender sus anillos, los de campeón y el del Hall of Fame. Se empeñó en sacar, después de haber hecho algunos pinitos como entrenador en competiciones menores, un puesto en algún sitio de cualquier equipo: en un organigrama técnico, en un despacho, lo que fuera. Llegó a llamar a Bird y McHale, vinculados a Pacers y Wolves, pero aseguró que estos no le hicieron ningún caso: “En mi caso puedo decir que no tengo amigos. Vi a Kevin en un evento y me dijo que me llamaría, pero nunca lo hizo. Llamé dos veces a Larry y ni me contestó. Nadie en la NBA lo hizo, no me devolvían las llamadas. Ya no era miembro de la fraternidad de la Liga”. Tampoco Danny Ainge, otro excompañero que ya estaba en los despachos de los Celtics, le echó un cable.

Después, Bird y McHale se defendieron: el primero dijo que Parish nunca le pidió directamente ayuda, el segundo que lo intentó pero que en los Wolves no sobraba el presupuesto y no le hicieron caso. Al pívot, un asunto muy oscuro que chocaba con la imagen estoica y contenido que ofrecía en pista, le perseguía un caso de violencia doméstica que acabó sin cargos legales pero con el reconocimiento por su parte de agresiones a la que fue su mujer, Nancy Saad.

En concreto, y después de cambiar su primera versión, acabó asumiendo un incidente violento en 1987, cuando estaba en Los Ángeles para jugar contra los Lakers en las Finales. Saad contó que llegó a la habitación de hotel en la que estaba Parish y este, que estaba con otra mujer, le cerró la puerta en la cara. Cuando ella volvió a llamar, la agarró del cuello, la sacó al pasillo de forma muy agresiva y allí la agredió. A Parish no se le ocurrió mejor defensa que sugerir que ella, que aseguró que tuvo que pasar una semana ingresada, le había llevado al límite, provocado para que perdiera los nervios.

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Aunque ganó su último título con los Bulls de Jordan, Parish siempre ha defendido que el mejor de la historia es Kareem Abdul-Jabbar: “No voy con la corriente general. Michael era el mejor en su momento, y hay que darle todo el crédito por ganar seis títulos básicamente seguidos. Dos threepeats. Eso lo respeto al máximo, pero por muy excepcional que fuera, el gancho de Kareem era indefendible. Esa ha sido el arma más difícil de parar de la historia del baloncesto”. Y, ahora, y pese a su tradición verde, tampoco ha tenido problemas en ceder el testigo del récord de partidos a otro laker, LeBron James: “Se lo merece, es un récord de Iron Man. Nadie merece más que él batirlo”.

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