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Las Vegas y Seattle, a un paso de la NBA

Según ESPN, el board de la competición votará la próxima semana con el sí como opción obvia y salvo sorpresa. Las dos nuevas franquicias entre 7.000 y 10.000 millones cada una.

Las Vegas y Seattle, a un paso de la NBA
Juanma Rubio
Redactor Jefe de la sección de Baloncesto
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
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La expansión de la NBA ya está aquí, ahora sí que sí. Ya no un horizonte hacia el que se cabalgaba pero al que parecía que nunca se llegaba. Ahora, salvo sorpresa mayúscula, se llegará. Según el periodista Shams Charania (ESPN), a priori infalible en estos asuntos de despachos, el salto de 30 a 32 franquicias se aprobará en el board, el comité ejecutivo con representación de todos los equipos, que se celebrará la semana que viene (martes y miércoles).

La Liga, en teoría, llegará con los deberes hechos y los cabos atados, así que la expansión será ratificada con las que siempre han sido favoritas, Seattle y Las Vegas, como únicas opciones sobre la mesa. Cada una de las nuevas franquicias pagará un canon de entrada que se moverá entre 7.000 y 10.000 millones de dólares. Esa primera votación acordará la entrada de esos dos mercados en la NBA (regreso sonado en el caso de Seattle), y en teoría hacia final de año quedará sellada una expansión que requiere el voto favorable de 23 de los 30 propietarios actuales. La idea es que los nuevos equipos estén en competición en la temporada 2028-29.

En febrero ya se habían hecho públicas, con la certeza de que la expansión había vuelto al primer plano de la agenda de la Liga, las reuniones entre el comisionado Adam Silver y Bob Ferguson, gobernador del estado de Washington y, por lo tanto, uno de los máximos interesados en que el proyecto saliera adelante porque siempre ha sido un secreto a voces que una de las nuevas franquicias será, de nuevo salvo sorpresa monumental (inconcebible en este caso), para Seattle con el regreso de los históricos Supersonics. La otra gran favorita siempre ha sido, también, Las Vegas.

En la fase final de la NBA Cup, precisamente en Las Vegas, Silver había reabierto una vía que se había enfriado en los meses anteriores: “Creo que estamos en la fase en la que estamos analizando el nivel de interés que tienen nuestros equipos, cuáles serían los términos económicos que resultarían. Y en algún punto de 2026 tomaremos una decisión”. Y también habló claro de los favoritos. “No es un secreto que damos mucha importancia a Las Vegas como mercado. Y que también nos interesa Seattle”.

En realidad, el plan del comisionado para el futuro de la NBA siempre había tenido un orden claro: el nuevo convenio colectivo, los nuevos derechos televisivos y después, entonces y solo entonces, la expansión. Y esos dos primeros objetivos ya se concretaron, y con rotundo éxito, mientras por el camino irrumpía, como un nuevo eje estratégico, la llegada a Europa con una nueva competición de la mano de la FIBA.

Pasos firmes y trascendentales

Lo primero, un nuevo marco laboral para regir la relación franquicias-jugadores (empleadores-empleados) se acordó sin dramas ni conflictos públicos. Así ha sido siempre en una etapa con Silver al frente (desde 2014) en la que la NBA se ha convertido en una balsa de aceite en lo que se refiere a las relaciones entre sus actores principales. Sobre todo, en comparación con tiempos pasados. La bonanza económica (ahora mismo perpetua y a prueba incluso de pandemias) ha endulzado los ánimos. También los equilibrios de Silver, que con una mano contenta a los propietarios y con la otra hace que los jugadores se sientan casi más socios que trabajadores. Unas veces para bien… y otras no tanto. El nuevo convenio abrió para los próximos años, siempre es así pero en este caso las medidas son verdaderamente transformativas, un escenario inédito en las relaciones laborales de la NBA. Apenas estamos empezando a comprender y anticipar las consecuencias.

Los contratos televisivos también se cerraron y en cifras no sólo de récord: por encima de unas previsiones que meses antes parecían descabelladas. Ya se sabe, la madre del cordero, la gallina de los huevos de oro y el fundamento de la excelencia económica (una burbuja que no para de inflarse) en la que vive, al galope, la NBA. Que, aunque ahora no lo parezca, conoció tiempos mucho más oscuros. Los contratos televisivos sustentan de forma troncal los beneficios de franquicias (propietarios) y (a través de los ingresos relacionados con el baloncesto: BRI) jugadores, ya que esas cantidades inciden de forma decisiva en el salary cap, el dinero del que dispone cada equipo para los salarios anuales de su plantilla.

El valor medio de las franquicias ya supera los 5.000 millones de dólares. Y el de los salarios de los jugadores está por encima de los 11. Nadie quiere tocar esa dinámica y por eso el último convenio se cerró sin sangre y con muchos acuerdos que parece difícil que se hubieran pactado si cualquier cuenta no se acabara traduciendo, como pasa ahora, en mucho dinero para todos.

La NBA pasó con su anterior acuerdo televisivo a triplicar sus ingresos anuales por este concepto. Disney (ESPN y ABC) y Turner (TNT) aceptaron pagar 24.000 millones por un tramo de nueve años (2016-2025). Esas cifras que fueron un récord histórico han quedado absolutamente desfasadas. En esta temporada 2025-26 han entrado en vigor unos nuevos contratos televisivos que ya tienen forma definitiva: 76.000 millones de dólares por once años. Más incluso que los 75.000 que en 2021 puso sobre la mesa el periodista Jabari Young (CNBC) para revuelo de muchos, que pensaron entonces que eran cifras disparatadas. El anterior acuerdo, que ya daba vértigo, casi triplicaba la cifra anterior. Ahora, con ese 76.000x11, hemos entrado en el rango de los más de 6.900 millones anuales. Otra vez cerca del triple.

Con esto se aseguró, desde luego, que durante unos cuantos años el cap iba a subir el máximo, o algo muy parecido, del 10%, el tope fijado por convenio para evitar deformaciones en el momento del gran impacto del nuevo acuerdo. Así sucedió en 2016, cuando el tope saltó en un año de 70 a 94 millones (marcha ya por 136), un impulso hacia el híperespacio que provocó tal distorsión del mercado que siguieron veranos de más tiento por parte de las franquicias y, por lo tanto, menos poder negociador de los jugadores. Eso, tener demasiado dinero, también se ha tenido que regular y ahora las ganancias se prorratearán durante el futuro a medio plazo y garantizarán la riqueza de una NBA cuyos mejores jugadores entrarán en menos de una década en los contrato de tres cifras, en el rango de los 100 millones anuales.

La proyección de estos acuerdos que ya son una realidad ha influido de forma obvia en las ventas de franquicias de los últimos años: en sus altísimos precios y en el interés por hacerse con ellas. En 2021, la venta en diferido de Minnesota Timberwolves valoró la franquicia en 1.500 millones. Desde entonces, todas las que se han vendido lo han hecho por estimaciones totales mucho más altas, con los Suns y los Mavericks en el rango de los 4.000 millones de dólares.

Después fueron los históricos Boston Celtics los que cambiaron de propietarios siendo, además, vigentes campeones de la NBA. Antes del anillo, Forbes valoraba la franquicia en unos 4.700 millones. El precio final, ya aterrizado en el mercado, superó los 5.000. Y poco después, el mercado se volvió a resetear con la histórica venta de los Lakers al grupo liderado por Mark Walter, el hombre que ha hecho milagros en los Dodgers (MLB) por una valoración de más de 10.000 millones.

Aquí aparece un factor clave de cara a la entrada de nuevas franquicias: cuanto mayor es el precio estimado de los equipos, más tienen que pagar los recién llegados a los otros treinta propietarios para entrar en la Liga. Seguramente eso ha influido, con la valoración de los equipos en permanente ascenso, la NBA en que la NBA (el resto de propietarios) no haya tenido prisa en el cortísimo plazo y haya estado esperando, como mínimo, a que esos procesos de venta de dos gigantes, Lakers y Celtics, reubicaran, otra vez, lo que creemos que vale un equipo. De ahí salen esos entre 7.000 y 10.000 millones de los que ahora habla Charania, una cifra imposible hasta hace solo unos pocos años.

Después de la televisión, la expansión

Después del nuevo marco televisivo, un éxito masivo para el que se fueron poniendo andamios (impactos de audiencia como el play in y la NBA Cup, las normas para controlar los descansos no justificados de los jugadores…), se encaró el momento de empezar a hablar de la expansión. Públicamente, porque entre bastidores las aguas ya se habían estado moviendo, tal y como confirmó el periodista Mike Vorkunov, que dibujó en The Athletic un panorama de preguerra, contactos entre grupos inversores, grandes bancos, empresarios que saben que tenían que amasar ayer las ventajas que serán definitivas mañana.

Ahora, y después de un período de pausa más largo de lo esperado, la expansión está definitivamente a las puertas. En plazos que podrían ser acelerados. Porque lo normal sería que, si se completan las votaciones a lo largo de este año, los nuevos equipos (dos para mantener la paridad) no entraran en competición hasta la temporada 2030-31. Sin embargo, y seguramente porque ya hay trabajo hecho o en marcha, se ha fijado 2028 como el nuevo horizonte. Uno muy cercano.

El último en la fiesta, Charlotte Bobcats (luego otra vez Hornets), se construyó en dos años: se anunció en 2002 y ya estaba jugando en 2004. Pero era un caso atípico porque no hubo puja y se trataba, en la práctica, de reemplazar la estructura que ya había existido y que se había trasladado a Nueva Orleans (primero Hornets, luego Pelicans).

Finalmente, la cuenta es económica. Los jugadores no tienen voz ni voto en este asunto, aunque con más equipos hay más fichas que ocupar y más mercado que agitar, así que en principio no son un enemigo natural de la expansión. Y las franquicias tienen que decidir entre los ingresos a medio y largo plazo y la inyección de impacto, en el primer momento. Los nuevos equipos tienen que pagar la cuota que se establezca, esos más de 7.000 millones de los que habla Charania. Es un dinero que no afecta a los jugadores ni al salary cap y que va directamente a los otros 30 propietarios.

Y que rondará, en esas cantidades, los 20.000 millones. Tal vez, más de 600 millones para cada propietario. Sin embargo, la propia NBA se dividirá en 32 partes y no 30. Toda la tarta de beneficios tendrá dos nuevos comensales y los equipos tampoco tendrán ya el 3,3% de la Liga cada uno. Son pequeños porcentajes pero un reguero importante de dinero en el largo plazo, año tras año. Para compensar esto, los ingresos son cada vez mayores, así que las cantidades totales que reciben los equipo de lo que gana la NBA no se resentirá demasiado aunque sí lo haga el cacho que se llevan.

Un proceso largo y complejo

Poner una franquicia NBA en marcha a partir de la (aparente) nada no es algo que se haga en dos mañanas. Es una estrategia que anticipa pero también transforma, seguramente ya lo está haciendo, el futuro de la NBA. Y que parece una certeza por una serie de razones que tienen que ver con la citada paz social que dibuja un escenario limpio de obstáculos; el volumen de talento que permite pensar que el producto no se resentirá (las plantillas se alargan cada vez más con jugadores útiles); el empuje de grandes mercados y lugares que son considerados ciudades de baloncesto y la explosión de interés (como hecho generador de contenidos 24 horas al día y siete días a la semana) de la NBA. Y hay que insistir: por el dinero, claro, sobre todo por el dinero.

Hay mucho dinero. La NBA superó en el curso 2021-22 los 10.000 millones de ingresos por primera vez (recordemos: estaba todavía en 2.700 al año solo en unos contratos de televisión que se han vuelto a disparar). Y habrá más. Eso hace que halcones del mundo de los negocios tengan la vista puesta en los movimientos de Silver. Y también que los actuales propietarios aflojen los prejuicios contra esa matemática básica que dice que con dos equipos más habrá que repartir la tarta en 32 porciones y no en las 30 actuales. Sin embargo, y era la parte que quedaba por limar, parece que no todos los propietarios lo veían tan diáfanamente claro y ha habido un puñado de ellos con reticencias. El más vocal entre bastidores, un James Dolan (poderoso por ser propietario de los Knicks) que en muchas cosas suele ponerse enfrente, y no al lado, de Silver.

¿Ha sido eso un problema? Sí. Pero se ha tenido a favor siempre la capacidad de generar tanto que el porcentaje acaba siendo jugoso en todo caso y que la entrada en el club NBA, lo que hace un par de años se cifraba en unos 2.500 millones de dólares, vaya a costar, casi seguro y finalmente, hasta cuatro veces más. El proceso para la expansión, después de que se vote y apruebe, es más o menos este: la NBA abrirá un periodo en el que permitirá que se hagan ofertas. Esta vez, en principio, sin opciones más allá de Las Vegas y Seattle. No se decidirán, como otras veces y si se atiende a la información de Charania, los nuevos mercados sino los nuevos propietarios, los grupos empresariales que los pondrán en marcha.

Normalmente, este tipo de procesos sirven para separar la paja del trigo: se entiende que el que no pone de inicio muchos billetes encima de la mesa, no va en serio. Y, en el pasado, también ha permitido descubrir (no será el caso al no haber más ciudades implicadas en la primera fase) opciones mejores que las que se consideraban darlings a priori. En la expansión de finales de las ochenta (luego iremos con ella) se pensaba añadir dos equipos y acabaron llegando a la NBA cuatro. Las candidaturas eran demasiado sólidas como para obviarlas.

¿Los plazos? Como ya se ha dicho, la última vez que se añadió un equipo fue en 2004: Charlotte Bobcats, hoy Charlotte Hornets. Y, también como ya se ha dicho, fue un caso atípico. Solo pasaron dos años desde que los Hornets originales (luego Pelicans) se fueron a Nueva Orleans (2002). Ese mismo verano se abrió el proceso, en diciembre ya había ganador (un grupo liderado por Robert Johnson), en enero de 2003 se tenía el OK (asunto crucial) del resto de los propietarios; en junio el equipo tenía nombre y un año después, en junio de 2004, realizó su draft de expansión. En la temporada 2004-05 ya estaba en las pistas. Esto, en todo caso, no es lo normal. Entonces se aprovechó la inercia del cambio y se aceleró para evitar problemas legales con el traslado a Nueva Orleans y la salida de Carolina del Norte. Los cuatro equipos que llegaron en los ochenta lo hicieron tras un proceso que duró tres o cuatro años, según el caso. Los dos de los noventa, en dos años y medio. Y ahora, la NBA se ha marcado un objetivo similar para competir con 32 ya en el otoño de 2028.

En la esencia de las competiciones

Así es la propia naturaleza de las ligas profesionales estadounidenses. La WNBA nació con ocho franquicias (en 1997) y llegó a tener 16 antes del paso de la propiedad centralizada por la competición a los propietarios individuales. Desde ahí, y entre dolores de crecimiento, bajó hasta las 12 que ha tenido desde 2010. Pero ahora, en su mejor momento a todos los niveles (deportivo, social, mediático), vuelve a crecer: en 2025 debutó el equipo de la Bahía de San Francisco (Golden State Valkyries), que vendió más de 17.000 abonos, un récord absoluto. En 2026, pendientes de la sombra del lockout, entrarán nuevos equipos con sede en Toronto y Portland. Y se regresará progresivamente a 16 con la llegada de los también aprobados ya en Cleveland (2028), Detroit (2029) y Philadelphia (2030).

La llegada (por encima de todo) de Caitlin Clark, la de de Paige Bueckers y la futura de JuJu Watkins han permitido pensar en una verdadera edad de oro para una competición que multiplica sus audiencias, y sus cifras de asistencia y venta de merchandising, pero que mantiene serios retos para el futuro. Dentro del último acuerdo televisivo de la NBA, que sigue ejerciendo de paraguas de la competición femenina, la WNBA se aseguró 2.200 millones para un período de once años. Unos derechos que han rondado los 60 millones al año saltan a unos 200. Pero, en plena revolución Clark, las pérdidas han seguido siendo una realidad, entre otras cosas porque a la WNBA apenas le cae el 40% de los ingresos que genera. La NBA se lleva otro 40 y los inversores que entraron en la Liga con 75 millones por delante se llevan otro 20%. Pero, entre luces y sombras de un crecimiento incuestionable, la máquina de la expansión no ha parado de moverse.

Así se hace una plantilla nueva

El draft de expansión, la forma de poner jugadores en un equipo que todavía no los tiene, es una de las cosas que más curiosidad provoca en este proceso que la NBA no vive desde hace casi dos décadas. Entonces, para alimentar el roster de los Bobcats, se realizó un draft específico un 22 de junio, dos días antes del convencional.

Y se establecieron estas normas (habrá otras cuando toque, pero estas son las últimas que hemos visto en la NBA): los Bobcats tenían que escoger un mínimo de 14 jugadores y un máximo de 29 de entre los que tenían contrato o fueran agentes libres restringidos (estos pasarían a negociar con ellos sus contratos en situación de agentes libres no restringidos). Los agentes libres sin ataduras (no restringidos) quedaban fuera de este proceso. Solo podían elegir un jugador de cada una de las demás franquicias, nunca más de uno de la misma plantilla. Cada uno de los otros 29 equipos podía proteger a ocho jugadores que serían intocables y no podrían ser seleccionados. Si alguno no tenía ocho con contratos en vigor (o agentes libres restringidos) al final de la temporada, tenían la obligación de dejar al menos uno liberado, seleccionable. Además, todos podían entablar negociaciones con los Bobcats sobre a quién cogían o a quién no con rondas de draft, dinero u otros jugadores implicados.

Las Vegas y Seattle, por supuesto

Todo el mundo, más o menos, ha dado siempre por hecho que las nuevas franquicias serían para Seattle y Las Vegas. Ambas llevaban tiempo moviéndose en esa carrera de posiciones a la que otros puede que llegaran demasiado tarde… o desde demasiado atrás. Seattle es una vieja cuenta pendiente de la NBA desde un asunto sucio en el que influyeron (siempre es así) problemas con el pabellón y movimientos en la sombra del grupo que se acabó llevando a los históricos Supersonics a Oklahoma City, convertidos en Thunder.

Seattle es el principal mercado de Estados Unidos sin franquicia NBA, ya estuvo a punto de regresar a través de la compra de Sacramento Kings (en 2013) y tiene un pabellón (el de las Storm de la WNBA) perfectamente listo para su uso como instalación NBA. En ese recinto tiene mano, además, el grupo inversor (Oak View Group) que también ha estado moviendo los hilos de la candidatura de Las Vegas. Conviene recordar que, cuando vuelvan, los Supersonics recuperarán su nombre, sus colores y su historia. Así lo permite el acuerdo al que llegaron con OKC en el momento del doloroso traspaso. Por eso los Thunder no fueron OKC Sonics y por eso no lucen las banderas de los de Seattle, como la de campeones de la NBA en 1979. Otros datos (estadísticas históricas, sobre todo) sí están ahora mezcladas, pero ahí también habrá división. Seattle tendrá lo suyo, Oklahoma City se quedará con lo exclusivo de los Thunder.

Las Vegas se ha convertido en el epicentro de los movimientos del deporte estadounidense: han llegado la Fórmula 1, la NFL (incluida la Super Bowl 2024), la WNBA (con muchísimo éxito: las Aces llevan allí ocho años y han ganado tres títulos), la NHL (con una Stanley Cup ya, la de 2023), la MLB… Innegable como hecho de negocio, su relación con la NBA se alarga a la Summer League, las concentraciones de la selección de Estados Unidos, eventos, el ya disuelto equipo Ignite de la G League

El citado Oak View Group, que quita y pone mucho en estos últimos movimientos en la sombra, tienen compradas 27 hectáreas para hacer un nuevo pabellón que podría estar listo en un futuro próximo, un timing que encaja con los pasos ejecutivo que va dando la NBA. Según el periodista Tashan Reed (The Athletic), ese pabellón está proyectado con una inversión privada de más de mil millones y formará parte de un casino/resort que va a costar más de 10.000 y que podría ser otro paso en esa relación cada vez menos disimulada y más íntima de la NBA con un universo, el de las apuestas y el juego, que hace no tanto era anatema.

Además, en el proyecto de tren de alta velocidad que unirá la ciudad con Los Ángeles está metido Wes Edens… que ahora es copropietario de los Bucks. Hasta LeBron James ha hablado de lo apetecible que sería entrar en un nuevo equipo ubicado en Las Vegas. Y LeBron no solo tiene mucho dinero: también está involucrado en el Fenway Sports Group que controla el Liverpool, Boston Red Sox o Pittsburgh Penguins.

El asunto parece claro, y de hecho Adam Silver se ha referido en le pasado a Las Vegas como “la franquicia 31 de la NBA” en relación a la cada vez más intensa relación entre la Liga y una ciudad que no tiene equipo... todavía. Pero durante los últimos años se barajaron, al menos en el debate público, más opciones: Ciudad de México tenía el atractivo de la globalidad y la expansión internacional, unos horarios ajustados a los estadounidenses y un equipo de la G League (Capitanes) que en su primera temporada dobló en asistencia de público a cualquier otro de la Liga de Desarrollo.

Y más: Vancouver (que ya tuvo a los Grizzlies) y Montreal, la ciudad más poblada de Canadá después de Toronto, donde los Raptors son un éxito rotundo, compartían con una hipotética candidatura mexicana el atractivo del toque internacional sin salir de Norteamérica. San Diego es un mercado que no puede permitirse tener solo, en deporte profesional, su equipo de la MLB (Padres). Ahora está sin nada en NFL, NHL, MLS y una NBA donde acogió a Rockets (antes de irse a Houston) y Clippers (en tránsito hacia Los Ángeles). Louisville tiene el encanto de Kentucky, esa región donde el baloncesto universitario es una religión y es, además, una vieja candidata que ya tentó en el pasado a Grizzlies (fue finalista con Vancouver), Cavaliers, Braves, Rockets… Kentucky también tuvo al equipo (Colonels) que más partido ganó en la historia de la ABA. Es tierra de baloncesto. Kansas City (donde jugaron los Kings) o Pittsburgh son otros clásicos de este tipo de artículos… cuyas opciones siempre parecieron realmente escasas. Pero que hay que tener en mente de cara al futuro... porque crecer está en el corazón de la naturaleza de las competiciones profesionales en Estados Unidos.

Si los elegidos efectivamente son Seattle y Las Vegas, ambos equipos entrarían en principio en una Conferencia Oeste que pasaría a tener 17 equipos. Para volver al reparto equitativo (sería 16-16), una franquicia tendría que irse al Este. Las candidatas obvias son tres: Memphis Grizzlies, New Orleans Pelicans y Minnesota Timberwolves. Las dos primeras están más al este, pero tienen a buenas distancias de vuelo a varios equipos que juegan en el Oeste: los tres texanos (Mavericks, Spurs, Rockets) y los Thunder. Los Wolves son menos orientales pero están más aislados: la ciudad del Oeste que está más cerca de Minnesota es Denver. Hay cinco franquicias del Este (Milwaukee, Chicago, Indianápolis, Detroit y Cleveland) más cerca y una (Toronto) a una distancia similar. Así que, tal y como sugirió ESPN, este escenario podría ser el más probable: Las Vegas y Seattle al Oeste, Minnesota Timberwolves al Este.

Escrito en la historia de la NBA

Porque, en todo caso, ahora la expansión parece inevitable. Y Adam Silver, más allá de la conveniencia del asunto, tiene razón en una cosa: es un proceso natural en la NBA. Que no nació, aunque lo parezca porque lleva mucho con este formato, con sus treinta equipos divididos en dos Conferencias simétricas (quince y quince). La Liga comenzó en 1946 como BAA (Basketball Association of America) y con once equipos. Sumó en 1948 a la NBL (National Basketball League) y pasó a llamarse NBA, dentro de un tramo de veinte años (1946-66) en el que osciló entre un pico de 17 equipos y un valle de ocho (en la temporada 1947-48 y entre 1955-61). Por entonces, el negocio no era ni mucho menos tan boyante. Entre 1966 y 1980 se articuló la NBA moderna, con la llegada de once equipos, el núcleo de los que ahora tenemos en competición (en el inicio de 1946 estaban, por cierto, Knicks, Celtics y los Warriors afincados en Philadelphia: fueron el primer campeón).

En 1966 llegó Chicago Bulls, en 1967 San Diego Rockets y Seattle Supersonics, en 1968 Phoenix Suns y Milwuakee Bucks. En 1970 Buffalo Braves (hoy Clippers), Cleveland Cavaliers y Portland Trail Blazers. En 1974 se creó New Orleans Jazz (en (Utah desde 1979) y en 1976 se produjo la fusión (absorción, en realidad) con la ABA, de la que saltaron a la NBA cuatro supervivientes (los citados Colonels se quedaron a las puertas): San Antonio Spurs, New York Nets, Indiana Pacers y Denver Nuggets. En 1980, finalmente, se crearon los Mavericks en Dallas.

Durante ocho años (1980-88) la NBA tuvo 23 equipos. En 1988 llegaron Charlotte Hornets y Miami Heat, en 1989 (misma expansión dividida en dos fases) Minnesota Timberwolves y Orlando Magic. A esos 27 se unieron en 1995 Toronto Raptors y los Grizzlies que comenzaron en Vancouver y se mudaron después a Memphis, en 2001. En 2004, finalmente, llegó la franquicia número 30 en la última expansión (por ahora): Charlotte Bobcats. Esa es la clave: por ahora

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