Una Liga sobrepitada
En la Premier llevan esta temporada 27 expulsiones; en LaLiga llevamos 59 y ocho son del Oviedo, un tercio de Inglaterra.

La teoría dice que en un partido de fútbol pueden pasar bastantes minutos sin que suene el silbato del árbitro, pero parece evidente que quien inventó esa teoría no estaba viendo un partido de LaLiga. Aquí lo extraño es que pasen más de dos minutos de juego sin que suene el silbato en cuestión. Aquí el arbitraje es más intrusivo que un inspector de Hacienda malencarado.
En la Premier llevan esta temporada 27 expulsiones hasta el momento. En LaLiga llevamos 59. Cuando un solo equipo —el Oviedo— acumula ocho rojas y roza él solo un tercio de las que ha visto la liga inglesa entera, ya no hablamos de pequeños matices culturales en el estilo de juego, si no de un modelo arbitral opuesto que cambia por completo la competición. Vamos, en Inglaterra el error grave parece ser expulsar de más, aquí parece ser expulsar de menos.
El CTA ha incorporado el llamado ‘Tiempo de Revisión’, donde cada jornada ponen ejemplos de jugadas concretas en las que el Comité Técnico explica si los árbitros han acertado o no. En teoría buscan con esto una mayor autocrítica y acercamiento a la gente. Pero hay una grieta clarísima entre árbitros y afición cuando la amplia mayoría interpretamos que Brais Méndez se intentó zafar de Aitor Paredes (que tira de arte dramático) y no agredirlo durante el derbi vasco, pero el CTA habla en su ‘Tiempo de Revisión’ de expulsión correcta por manotazo en la cara. O cuando hay gente que entiende ya más la fisión nuclear que el funcionamiento del VAR. ¿La división del núcleo de un átomo pesado? Comprensible. ¿Cuándo interviene o no el VAR en una jugada dudosa? Ininteligible.
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Supongo que nadie, salvo algún ferviente seguidor de la burocracia —que lo habrá—, se ha enamorado del fútbol por los tiempos de revisión o los análisis retrospectivos de las jugadas. La mayoría sensata nos enamoramos del fútbol cuando se juega con fluidez y espontaneidad; claro que para eso los árbitros deberían demostrar más indulgencia y, a poder ser, bastante más autocrítica.
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