Opinión

Un ascensor al cadalso

Para octubre, Xabi ya estaba más fuera que dentro... Los jugadores vieron ese momento de debilidad y el caso Vinicius fue el detonante.

Xabi Alonso durante un partido con el Real Madrid.
FADEL SENNA
Santiago Segurola
Actualizado a

EI Real Madrid ha despedido a Xabi Alonso mucho más tarde de lo que pretendía su presidente, Florentino Pérez, que no encontraba la manera de desembarazarse del entrenador, fichado el pasado mayo a bombo y platillo mediático. Tres años de contrato, nada menos. Por mucho que el Real Madrid presume de un modelo de gestión eficaz, de una profesionalidad en sus decisiones acorde a la figura del pope empresarial que es su presidente, el caso Alonso transmite la clásica idea del fútbol dirigido por aficionadetes con pretensiones.

El parto salió de nalgas desde el primer día. La confianza en Alonso era ficticia y el momento desaconsejable para las dos partes, especialmente para el entrenador. El Madrid quería olvidar una temporada sin títulos y cuatro derrotas estrepitosas con el Barça. Enfrente tenía dos objetivos, adherirse al proyecto Infantino en el Mundial de Clubes, a trasmano en el plano deportivo, goloso en el ámbito económico, y salir del torneo con la cara lavada.

Alonso aterrizó en Madrid, dispuso de una semana para las presentaciones y saludos de rigor, y se hizo cargo de un equipo que era un poema de incoherencia: jugadores que terminaban contrato a mitad del Mundial de Clubes, fichajes de aquí y de allá, estrellas con resabios y cuitas pendientes, una plantilla mal confeccionada, ancha en algunas posiciones, estrecha en otras, defectuosa en el medio campo -el Madrid vivió 10 años de Kroos y Modric, pero creyó que el éxito radicaba en la energía de sus atletas- y poco adaptada a las particularidades de Alonso como entrenador.

En el Mundial de Clubes se consagraron las condiciones que han caracterizado el cortísimo recorrido de Alonso en el Madrid. A Florentino le contrarió que el nuevo entrenador considerara que la competición no abría la temporada, sino que la cerraba, además de restar valor deportivo al torneo. Sonó a afrenta intolerable, culminada por la goleada que el PSG infligió al Real Madrid en las semifinales. Desde entonces no se ha escuchado, ni leído, una palabra de apoyo, ánimo o confianza de Florentino con Alonso. Hasta Butragueño, que tiene la costumbre de hablar siempre bien de cada entrenador del Madrid, ha guardado silencio.

La Liga no ha sido otra cosa para Alonso que un ascensor hasta el cadalso. Ni su impactante saga inicial de victorias, 13 en 14 partidos, sirvió para remediar su situación. Se le veía preso de la debilidad. Los jugadores lo sabían, el club trasladaba esa impresión por sus habituales canales subterráneos y la desconexión sólo requería de una detonación.

Para octubre, Alonso estaba más fuera que dentro. La derrota con el Atlético se utilizó como un tachón inaceptable -Valverde dijo un par de días después que no le apetecía jugar de lateral derecho- y el éxito contra el Barça -primera victoria sobre el archirrival después de año y medio de golpazos- se convirtió en la tumba del entrenador. Vinicius, el gran protegido del presidente, no dudó en desafiar a Alonso en el partido y después del partido. Se recuerdan muy pocos actos de grosería tan nociva en el Madrid, asumidos con un silencio administrativo por el club, que dejó a Alonso en canicas.

Alonso comenzó a empequeñecerse. Su soledad ha sido tan evidente como el mal juego del equipo. No hay equipo que pueda jugar bien en una situación tan insoportable. Aunque el detonante fue el caso Vinicius, el despido se cocinó definitivamente cuando comenzó el incesante flujo de informaciones calculadas y rumores por doquier procedentes del club.

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En los dos últimos meses, cada partido estaba avisado por la probabilidad de la destitución de Xabi Alonso, que podía haberse ahorrado alguna concesión al tendido del presidente, como su repentino arrebato contra los árbitros. No le ha servido de nada. Al contrario. El despido era irrevocable. Desde el verano, estaba escrito en el cielo. Solo faltaba el momento de concretarlo. El momento elegido ha sido después de una digerible derrota con el Barça en la menos importante de las competiciones.

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