Marta Gonzalo

Remiro Tambor Mayor

Noche mágica en Anoeta con el triunfo de la Real sobre el Barcelona en vísperas de San Sebastián, y con una actuación estelar del portero txuri-urdin.

La Real Sociedad se impuso 2-1 al Barcelona en Anoeta.
JAVI COLMENERO
Marta Gonzalo
Nacida en San Sebastián en 1978. Dio sus primeros pasos en el Diario Vasco, y después ha trabajado en La Gaceta de Salamanca, la revista Pronto, Mundo Deportivo y El Desmarque, como delegada en Gipuzkoa. En 2013 creó un boletín de noticias mensual para la Asociación de Españoles en Chequia. En mayo de 2025 entró en el Diario AS en Gipuzkoa.
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Hay noches en las que el fútbol deja de ser un deporte para convertirse en una cuestión de fe. Lo vivido en Anoeta entre la Real Sociedad y el Barcelona no fue solo un partido de fútbol; fue un exorcismo colectivo, una conjunción de astros, tambores y madera de barril que solo puede explicarse bajo el influjo de la Tamborrada. El Patrón de la ciudad decidió ‘hacer cuadrilla’ con todos los santos del calendario para proteger una portería que ayer parecía bendecida por el mismísimo San Sebastián.

Hay una belleza salvaje en ganar cuando el rival te somete a un baile, al menos en la primera mitad y el comienzo de la segunda. Los azulgranas se encargaron del fútbol, y la Real puso el alma y el bastón de mando. El gol de Oyarzabal fue el preludio de una resistencia heroica que ni siquiera el empate de Rashford pudo quebrar, porque anoche el destino vestía de blanco y azul. El zarpazo de Guedes, apenas unos minutos después del golpe visitante, fue el grito de un equipo que, aunque debe ajustarme más, posee una fe inquebrantable que compensa cualquier carencia táctica.

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El descuento de nueve minutos fue un ‘vía crucis’ para los corazones de los guipuzcoanos, viendo a un equipo exhausto y en inferioridad achicando agua en los últimos minutos frente a un asedio total. Sin embargo, Remiro y San Sebastián aparecieron para salvar goles el primero y poner palos el segundos, confirmando que lo vivido fue un milagro necesario. Se lo merecía el de Cascante en una temporada complicada. Fue el triunfo de la épica sobre la estética; una noche inolvidable donde los tambores de victoria no sonaron en la Plaza de la Constitución, sino en el rugido de un Anoeta que ya se sabe invencible cuando la magia y la fe se citan en el campo.

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