Raphinha es el fuego del Camp Nou
Enciende a sus compañeros, es el director de orquesta en la grada. Juega para la gloria.


Era un miércoles radiante de sol en Barcelona, pero fue un partido de fenómenos atmosféricos. La neblina de la primera parte, con un Barça convertido en una tómbola, y jugando con el fantasma de la eliminación, dio paso a una tormenta espectacular de fútbol en la segunda: 7-2. Evocó un resultado idéntico de hace muchos años contra el Sporting en el Camp Nou, con Stoichkov celebrando un gol entre lágrimas después de una rueda de prensa volcánica de Cruyff contra dos de sus vacas sagradas: el mismo búlgaro y Laudrup, que se abrazaban haciéndose compañía. No es fácil saber qué le dijo Flick a sus jugadores en el descanso. Sólo que al final del partido les dio el jueves libre. Pero puede suponerse que subió mucho el tono.
El Barça desencadenado del primer cuarto hora de la segunda parte recordó al del curso pasado. Primero, por su velocidad endiablada. Y segundo, porque recuperó al tridente. Lamine, más allá de ese error inocente del taconazo que le costó el 2-2 al Barça, estuvo dulce en la primera parte. Hizo lo más difícil del fútbol: desbloquear el partido. Lewandowski se quitó la máscara, liberado, y cogió aire, después de semanas de desencuentro con el gol. Y, finalmente, Raphinha.
El jugador que se endureció en las varzeas, el fútbol de tierra y supervivencia donde juegan aquellos que no pueden entrar en canteras de nivel, convierte cada partido en una reivindicación. Ante el Newcastle, participó en seis de los siete goles. Enciende a sus compañeros, es el director de orquesta en la grada. Juega para la gloria. Es el fuego del Camp Nou.
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