La ofensa frenó la ofensiva del Madrid
La treta cobarde de Prestianni, embozándose la camiseta a la altura de la nariz para atacar de palabra a un rival, algo que tantas veces se ha celebrado como elogio del ‘otro fútbol’, dice todo de su premeditación.

Un acto injustificable de racismo, que el ofensor convirtió en segunda instancia una patética coartada de carácter homófobo, presidió la lectura y las reacciones posteriores a un partido que deja al Real Madrid en una posición inmerecida. Jugó los mejores minutos de la temporada, explicó el verdadero potencial del equipo y estuvo en disposición de cerrar la eliminatoria en Lisboa. La felonía de Prestianni sólo es comparable a su taimada puesta en escena y su deliberado propósito: escapar indemne de su bochornosa afrenta a Vinicius.
Las consecuencias del suceso excederán al trámite de los incidentes habituales de un partido. Es un caso que requerirá una investigación de la UEFA, con ribetes legales que convendrá atender para futuras ocasiones parecidas. En el fútbol se ha visto todo o casi todo, pero es difícil recordar la imagen de un jugador que se emboza la camiseta a la altura de la nariz para atacar de palabra a un jugador del equipo rival. Esa treta cobarde, que tantas veces se ha celebrado como elogio del ‘otro fútbol’, dice todo de la premeditación de Prestianni.
En cualquier caso, no será la palabra del extremo del Benfica contra la de Vinicius. En el reglamento de la UEFA se recoge la validez de las pruebas de los testigos. Uno de ellos fue Mbappé, según él mismo declaró públicamente después del partido. Su relato fue contundente, impecable en el fondo y en la forma. Afirmó que había escuchado a Prestianni pronunciar cinco veces la palabra mono, dirigida a Vinicius, que reaccionó inmediatamente y se acercó al árbitro para denunciar la expresión racista.
Vinicius actuó como se pide en los protocolos y el árbitro, el francés Letexier, atendió como debía al problema. Estuvo a la altura de su magnífico arbitraje, muy superior al que habitualmente se observa en la Liga española. Las declaraciones de Mbappé tuvieron el punto justo de indignación, firmeza y capacidad reflexiva. Concretó, y no era nada fácil hacerlo en plena vorágine post partido, la magnitud del caso en términos sociales, profesionales y futbolísticos, además de señalar a Prestianni como un indeseable que merece no volver a jugar la Liga de Campeones. Su testimonio será crucial en la resolución disciplinaria del caso.

El suceso fue de tal calibre que desplazó el puro fútbol a un grado menor de atención. Se produjo unos minutos después de comenzar el segundo tiempo, después del tremendo gol de Vinicius. El Real Madrid estaba a un paso de cerrar la eliminatoria, después de su impresionante oleada de juego y oportunidades de gol en los últimos 15 minutos de la primera parte.
Por primera vez en la temporada, y probablemente en el último año y medio, el Madrid estuvo a la altura de las enormes expectativas que genera en el fútbol. Arrinconó al Benfica en su área, pero no se conformó con el asedio. Encontró la manera de superar la resistencia defensiva con clase, armonía y gran creatividad. De repente, todas las piezas, tan cuestionadas hasta ahora, funcionaron no sólo en la misma frecuencia, sino en la nota más elevada. Había una musicalidad perfecta en el fútbol del Madrid.
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El gol manifestó la superioridad de un modo inequívoco. Pareció que se anticipaba una victoria decisiva y el cierre a la eliminatoria. Diez minutos después, la exhibición quedó para el recuerdo. El Madrid regresó a otro partido, tenso, afeado, nervioso. Se mantuvo la diferencia de un gol, poca renta para toda la que mereció, pero ese matiz sólo empezará a juzgarse a medida que se acerque el partido de vuelta. Ahora mismo, lo que pesa es la afrenta racista y sus consecuencias.
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