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La obligación de golear

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Hasta hoy no he tenido ocasión de escribir sobre el último partido del Madrid, esta victoria por dos goles a cero frente al Granada del pasado sábado. Tengo que decir que no me gustó nada este encuentro. La mayoría de la gente recordará los goles de Brahim y de Rodrygo y se considerarán satisfechos con ello. No es mi caso. Era un día perfecto para golear, para ofrecer un espectáculo grandioso contra un rival débil cuyos planes de intentar empatar se vieron rápidamente destrozados. No se hizo nada para el disfrute de la gente. No se hizo nada para realizar la siempre tan relevante manita. No es que había que humillar al modesto rival sino también respetarle con una actitud ganadora irreprochable.

No hubo hambre de goles. No hubo ambición más allá de sumar los tres puntos. Estoy convencido de que los partidillos de entrenamiento en Valdebebas son más intensos y con más tensión que lo que vimos frente al Granada. Y no vale la excusa de que hay que gestionar las fuerzas porque no hubo Champions esta semana y el Madrid todavía no juega la Copa del Rey. No me gusta que el club más importante de la historia del fútbol viva un partido oficial como un simple trámite. Sobre todo en el estadio Santiago Bernabéu. Cuando se puede golear, hay que golear. Esta es la exigencia histórica que le ha llevado donde está. Esta es la filosofía del madridismo.

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