Jugar o castigar, esa es la cuestión
Al Real Madrid le tocará hacer en Múnich lo que tantas veces consiguió en el Bernabéu. Hasta ahora, el club no se ha distinguido por sus grandes remontadas fuera de su estadio. Le ha llegado el momento de girar la historia.
El Bernabéu se acostumbró hace muchos años a recibir grandes equipos europeos que se sentían intimidados por la historia del Madrid y el ardoroso ambiente del estadio en las grandes noches. En los años ochenta, después de una década de debilidad, comenzó a reescribirse una narrativa que permanece hasta ahora. La Quinta del Buitre forjó el mito de las remontadas en la Copa de la UEFA −lo que ahora vendría a ser la Europa League− y el relato ha crecido aún más en este siglo, alimentado por los éxitos del Madrid en la Champions y las debacles de muchos de buena parte de sus grandes rivales. El Bayern, que ha sufrido alguna que otra derrota escandalosa en el Bernabéu, no figura entre los que se acobardan. Salió ganador de un partido que, sin embargo, no despeja el horizonte de la eliminatoria.
A fuerza de repetirse esta clase de enfrentamientos −el Madrid despegó en los años cincuenta del siglo XX y el Bayern de Beckenbauer, Müller y compañía se acreditó como el gran club alemán en los años setenta−, se ha establecido un hilo conductor que los aficionados no ignoran. En Europa, no hay rival más temible para el Madrid. Son más de 50 años de un choque que excede lo futbolístico. Es algo cultural.
La naturaleza de la rivalidad con el Barça es de otra naturaleza, más íntima y profunda, pero casi inexistente en Europa entre 1960 y los años noventa. Eso sí, no hay duda de que sólo hay dos equipos, Bayern y Barça, que acuden al Bernabéu y miran de frente al Real Madrid. Tiempo atrás, un altivo Milan acudía al Bernabéu con una seguridad inaudita en sus fuerzas. Los demás −ingleses, alemanes, italianos, etc− no han mostrado una consistencia larga y solvente en el Bernabéu.
El Madrid perdió y raro es el que no acepte la superioridad del equipo alemán, sin olvidar que el Real Madrid se agarró al partido como una lapa y dejó la eliminatoria sin dueño. Le tocará hacer en Múnich lo que tantas veces consiguió en el Bernabéu. Hasta ahora, el Real Madrid no se ha distinguido por sus grandes remontadas fuera de su estadio. Le ha llegado el momento de girar la historia.

La idea final del encuentro invita a pensar en un partido de características similares en la vuelta. Difícil pensar en un Bayern cauteloso y un Madrid avasallador. Ninguno de los dos tiene complejos para aceptarse como son. El Bayern domina, corre y juega. Por lo que parece, también concede más de la cuenta, no tanto en la defensa, como por sus defensas.
El Madrid exigió un asombroso regreso primaveral de Neuer. La edad, las lesiones y la rigidez convirtieron al mejor portero del mundo −probablemente fue el mejor futbolista del Mundial 2014− en un guardameta correcto, demasiado propenso al error. En el Bernabéu se desempeñó como en sus mejores tiempos. Se puede hablar de contradicción entre la fenomenal sensación que transmitió el Bayern y la lluvia de ocasiones del Madrid. Sin embargo, y con menos intervenciones de Lunin, el equipo alemán puso los pelos de punta a la hinchada madridista. Dos goles, flagrantes ocasiones perdidas, constantes batallas individuales ganadas −el recital de Olise contra Carreras es inolvidable− y el indiscutible empaque de equipo grande, al frente de las tendencias actuales en el fútbol: ataca, corre, presiona y se organiza de una forma colectiva superior al Madrid, que no se adscribe a tendencias y modas.
Sigue siendo el mismo equipo de siempre: prefiere resguardarse y castigar. Trajeron a Xabi Alonso para variar el modelo y no duró seis meses, rechazado por el club y las estrellas del equipo, que se siente cómodo en lo que le gusta, y a veces tanto disgusta a su afición, y tantos éxitos le ha concedido en la Champions League.
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