¡Hasta siempre Bernardo!
Era un día como el que pudiera ser hoy mismo. Siempre en agosto, en un día caluroso, tocaba comida con Bernardo Ruiz en el Barlovento...


Era un día como el que pudiera ser hoy mismo. Siempre en agosto, en un día caluroso, tocaba comida con Bernardo Ruiz en el Barlovento. Tras recoger a Alfredo Relaño en Alicante, nos desplazábamos hasta Torrevieja con la ilusión de saber que íbamos a pasar unas horas con una leyenda del ciclismo español. Un pionero que ganaba carreras en un tiempo muy lejano. Cuando las etapas eran de 300 kilómetros, todos en sterrato que llaman ahora. Cuando los Perico Delgado, Indurain o Contador no estaban ni en los pensamientos de sus padres, Bernardo ya se había subido en el podio del Tour de Francia.
Llegaba a la cita acompañado de uno de sus hijos, siempre con sombrero, elegante, a pesar del sofocante calor. Nadie habría asegurado que pasaba de los 90. De Punta Prima, el lugar donde veraneaba, había que cruzar Torrevieja, en agosto, para llegar a Cabo Cervera. Como cruzar la Gran Vía en diciembre, en hora punta, tres veces seguidas. Pero ya daba igual. Bernardo ya iba con nosotros. Y las primeras conversaciones, aún en el coche, siempre versaban sobre el Tour que acababa de terminar.
Las historias buenas las dejábamos para la comida, para cuando Bernardo ya tenía la confianza y las ganas de compartir todas sus vivencias, de primera mano, con nosotros. Sus viajes de Orihuela a Cartagena en bici, practicando el estraperlo en la posguerra, sus primeras carreras, cómo hacía para ‘mimar’ los tubulares y ser el que menos pinchaba del pelotón, su admiración por Fausto Coppi, su poco ‘feeling’, por llamarlo de alguna manera, con Bahamontes, algo que al principio llamó la atención de Relaño... Muchas historias sabidas, pero contadas en primera persona gustaban más. Otras que solo conocían sus más cercanos. Incluso otras que, pese a haber prescrito hace décadas, mejor no contar. Nos quedó pendiente compartir una etapa de montaña del Tour con él. Pero la cita siempre fue en agosto.
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A veces le acompañábamos con otros ex-ciclistas, como López-Cerrón, e incluso otro mito como Julio Jiménez, para que se sintiese más arropado. Pero desde la seriedad que le caracterizaba sus historias siempre acaparaban la conversación. No le bailaba el agua a nadie. Lo que pasó lo contaba sin cortapisas aunque hubiera sucedido hacía más de medio siglo. Aunque alguno quedara mal. La tarde se alargaba hasta que a Bernardo, que ese día sacrificaba su siesta, le apetecía. Tocaba volver a Punta Prima, para despedirse del mito hasta el próximo año. ¡Hasta siempre Bernardo!
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