Opinión

El psicodrama Mbappé-Vinicius

El madridismo no entiende que un equipo diseñado para marcar época ha derivado en una sequía estrepitosa

El psicodrama  Mbappé-Vinicius
Santiago Segurola
Colaborador de Diario AS
Actualizado a

A estas alturas de la temporada, al Real Madrid se le mide por la tensión del psicodrama Mbappé-Vinicius. Ha calado en la audiencia. El madridismo no entiende que un equipo diseñado para marcar época (el fichaje del francés se anunció como el seguro comienzo de una etapa imperial) ha derivado en una sequía estrepitosa, agudizada por el éxito del Barça, esencialmente edificado por un puñado de jóvenes jugadores de la cantera.

Hay mucho que discutir sobre el Madrid y su implosión, pero estas jornadas finales invitan a resumir las polémicas. Ninguna es más potente que el debate Mbappé-Vinicius, o viceversa. Es propio del fútbol el antagonismo, la invitación a la dualidad, en términos generales (Real Madrid-Barça), individuales (Cristiano-Messi) y en términos internos.

A veces se trata de una cuestión de estilos, como ocurría en los debates entre pirristas y velazquistas, o posteriormente entre los partidarios de Hugo Sánchez y los defensores de Butragueño. Debates menores, por así decirlo. Una pizca de pimienta para animar las semanas del Real Madrid en tiempos. En cambio, lo de Mbappé y Vinicius parece que va en serio. Tiene el aroma de los desgarros existenciales.

No se trata de un asunto menor, motivado por una cuestión de gustos. Hasta cierto punto, Vinicius y Mbappe son parecidos, delanteros al margen de los sistemas que ganan partidos por su cuenta. El problema es que juntos no han conseguido la mayor: ganar títulos. Ya son dos años. Uno es demasiado para el estómago de la hinchada. Dos temporadas secas resultan inaceptables.

La pulsión del debate está presente en el Madrid desde el fichaje de Mbappé, primero desde una mirada matemática: multiplicación, suma o resta. De su condición de superestrellas, ninguna duda. Podía insinuarse, sin embargo, un problema de orden geográfico. Se sabía que Vinicius y Mbappé frecuentaban la misma zona del campo. ¿Resolvería la indiscutible calidad de ambos este conflicto espacial? ¿Limitaría el rendimiento de uno, del otro o de los dos?

Es un asunto que no se ha resuelto, Mbappé marca un gol por partido, que es una barbaridad, y no hay mayor amenaza para un lateral que detener a Vinicius, aunque esta doble evidencia tiene un rasgo desesperante para el madridismo. No se ha concretado en éxitos. En términos reales, los dos fenómenos no han multiplicado, ni sumado. ¿Restado? La gente empieza a preguntárselo, por raro que parezca, porque, en principio, la ecuación era sencillísima.

La matemática resulta más compleja cuando actúan factores añadidos, varios en este caso: vanidades, aspiraciones y compromisos personales, poder y consentimiento. En el gran teatro del Real Madrid, donde el drama alcanza a la composición y los desequilibrios de la plantilla, la autoridad de los entrenadores, las concesiones a las figuras o el silencio administrativo ante lo que los hinchas consideran intolerable (inolvidable el episodio Vinicius-Xabi Alonso), no ha habido relato más candente que el protagonizado por Mbappé y Vinicius, narrativa a veces soterrada, pero latente.

Ahora se encuentra en estado de erupción, alimentada por un nuevo y decidido carácter pendular. Mbappé ha sido durante los dos últimos años el Gary Cooper del Madrid. Le han bastado los goles, la elocuencia y la discreción en el campo. Vinicius ha interpretado con placer el papel de rebelde contra el mundo, un James Dean de serie B protegido por el productor de la película.

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Cómo la obra del Real Madrid ha sido tan decepcionante en los dos últimos años, es fácil resumir el fracaso y esquematizar los problemas en el duelo de sus dos principales actores. Por si acaso, ayudan los protagonistas. Vinicius se salta la modorra del equipo y destroza al Espanyol con dos goles apoteósicos, el mismo día que Mbappé aparece en un yate que surca las aguas de la Costa Esmeralda. Y, claro, el péndulo de la discusión no es que se mueva. Se agita y puede con todo.

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