Calendario saturado y la Segunda de 22 equipos
Los partidos son productos y el calendario es un activo económico estratégico; por eso está saturado.

Esta semana hemos conocido el nuevo calendario internacional que entrará en vigor desde 2026 y que la Nations League de la UEFA inaugura como banco de pruebas. Se reduce una ventana al inicio, pero no el número de partidos porque se concentran en un parón más largo en otoño, con hasta cuatro jornadas. Menos interrupciones, mismo volumen. Y cuando cada fecha libre es un activo comercial, nadie renuncia a ella porque sospecha que otro operador o gestor la ocupará con su producto.
Esa es la causa real de la saturación del calendario y el motivo por el que sigue siendo el gran problema que nadie quiere resolver. Cada fecha es un activo disputado por organizadores nacionales e internacionales. Si una competición doméstica renuncia a partidos, otro ocupará ese espacio con un nuevo torneo o ampliación del actual. Los partidos son productos y el calendario es un activo económico estratégico; por eso está saturado.
España ofrece dos ejemplos muy claros de cómo abordar, o no, esta cuestión. El positivo fue la reforma de la Copa del Rey con la implantación del partido único hasta semifinales, que redujo encuentros para muchos clubes y, al mismo tiempo, incrementó el atractivo competitivo y comercial del torneo. Fue una decisión de producto. Se entendió que menos partidos podían generar más valor y emoción. Modernizar sin ampliar el calendario es posible.
El ejemplo negativo es la Segunda División. Desde la temporada 1997-98 convive con 22 equipos. No es tradición, es herencia del episodio de 1995, cuando la Primera pasó provisionalmente a 22 clubes tras el conflicto de los avales y, al regresar a 20, el excedente se trasladó a la categoría de plata. Lo transitorio se hizo permanente. Hoy son 42 jornadas más playoff, una temporada que se extiende hasta junio y una competición que no puede detenerse en ventanas internacionales.
La consecuencia es conocida: más jornadas intersemanales, menos recuperación, diferencias competitivas cuando hay convocatorias y una sobrecarga estructural que sonroja a todos los gestores que han (hemos) intentado corregirla sin éxito. Reducir dos plazas supone 1 mes menos de competición, menos ingresos a repartir y más miedo a perder la categoría con su respectivo coste político. Nadie vota contra su propio riesgo. Ahí está la diferencia entre una reforma estratégica como la de la Copa y una anomalía que, por razones económicas y políticas, se mantiene casi treinta años después.
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El calendario es finito. Más jornadas no garantizan más atractivo ni más ingresos sostenibles. A veces diluyen el valor, fatigan a la audiencia y desgastan a sus protagonistas. Mientras se sigan moviendo “ventanas” sin abordar el volumen real de partidos, la saturación continuará. Reformar exige asumir que el modelo competitivo también tiene límites.
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