Vinicius rompe las etiquetas

Las apuestas estaban bajas con Vinicius, que comenzó la temporada con el mantra que le acompaña desde que llegó al Real Madrid: define mal, es confuso, no entiende el juego, no le alcanza para ser titular en el equipo. Un caso claro de jugador donde pesaban más los prejuicios que la realidad de sus cualidades. Difícil encontrar un delantero tan veloz, joven y entusiasmado. La primera virtud es importante si está asociada la pausa. La juventud se cura con los años y la madurez podía enseñarle a Vinicius los beneficios de la serenidad. Del entusiasmo es mejor no desprenderse nunca. Por fortuna para él y para el Madrid, el extremo brasileño transmite algo más que una alegría contagiosa: quiere ser futbolista a toda costa, voluntad que no siempre es fácil encontrar en el fútbol.

Ha jugado cuatro partidos de Liga esta temporada. Cada uno mejor que el anterior, y como el fútbol tiene alma ciclotímica, Vinicius es un rayo de luz en el campo y en el aprecio de una hinchada, que en términos generales dudaba de su progresión. Se le adjudicó un techo. No le faltaban unos pocos mohicanos, con Roncero a la cabeza de la orquesta vinicista, pero después de tres temporadas el jugador estaba etiquetado. En la jerga económica, se le veía como un activo de mercado, uno de los muchos jóvenes que salen por un buen preciso y le ayudan a hacer buenas cajas.

Si las cuatro jornadas son lo que parecen, y no hay razón para sospechar lo contrario, el salto de Vinicius es tan gigantesco como el fiestón que se dio después de marcar su magnífico gol contra el Celta. Sabía que ese momento podía cambiar la percepción del madridismo. Vinicius arrancó como un cohete para recoger un sensacional pase de Benzema -Murillo, rosario de errores durante todo el partido, colaboró con su mala ubicación- y dirigirse al área. Es la típica jugada que el joven brasileño ha producido decenas de veces, por eso la gente se asombró menos por su aceleración que por su elegante definición, sin un asomo de ansiedad, llena de confianza.

Vinicius marca con sutileza ante Dituro, portero del Celta, el tercer tanto madridista del encuentro entre los de Ancelotti y el equipo vigués.

La jugada tenía miga porque el Madrid temía cada ataque del Celta y el marcador se lo recordaba. Sobre Vinicius pesaba el escepticismo de la hinchada, cuando no el reproche, y la importancia de la acción en un partido bien jugado por el Madrid cuando atacó y decepcionante cuando pretendió defenderse. En la media punta, Aspas dictó una lección magistral, sin antídoto en las filas madridistas.

Vinicius la finalizó como un poeta y comprendió que posiblemente había cambiado su relación con la hinchada. Después de 560 días, era el primer partido abierto al público en el Bernabéu. El chico eligió el momento perfecto para autorizarse en un estadio exigente, duro con casi todo el mundo, no importa lo famoso, joven o caro que resulte el futbolista. Su festejo fue del todo desaconsejable desde la perspectiva sanitaria. Rara vez se han visto tantos abrazos por segundo. Desde el lado emocional y futbolístico, ese gol merecía una celebración desatada, el encuentro ojalá que definitivo entre un jugador por fin liberado de angustias y un público feliz de desprenderle las etiquetas que lo mortificaban. Hasta el VAR, siempre empeñado en enfriar la temperatura de los goles, hizo mutis esta vez.