Álvaro García-Nieto

De rituales

“Fútbol, ¿es amor o es dependencia?”, se preguntaba Álex Riquelme. Cuando esta misma temporada dejé la actualidad del Espanyol me convencí de que aún estaba a tiempo de tener un último gran ídolo, de volver a sentir la fiebre en las gradas que tan bien describió Nick Hornby y que tantas vivencias experienciales y existenciales me generó durante la adolescencia. Este domingo, antes del partido contra el Málaga, me agencié la camiseta Massana de mi hermano, fui a poner gasolina y esperé en l’Eixample a que llegaran los autocares del primer equipo para peregrinar hasta Cornellà. Me volví a entregar al ritual.

En la propia etimología de la palabra ‘ritual’ está la de ‘pertenencia’. Son nuestros abuelos, las leyendas y los rituales los que han creado indestructibles vínculos emocionales. El fútbol, sin su misticismo y ritos atávicos, no sería el fenómeno que conocemos. Lo vemos en los rezos de Keidi Bare, en las dos manos de Óscar Gil tocando el césped al saltar al campo. Lo ven los utileros. Y las hemerotecas: Zamora jugaba con un muñeco de trapo en la portería. Desde diciembre lo vemos en la calle que lleva al parking del estadio de Cornellà, donde centenares de hinchas reciben al equipo con banderas, bufandas, botes de humo y bengalas. Lo ven Vicente Moreno y los jugadores desde las ventanillas del autocar. Este es un ritual pasajero, que perderá eficacia o trascendencia una vez se haya consumado el ascenso, pero tan sustancial como incorpóreo.

El autocar del Espanyol, el domingo ante el RCDE Stadium.

Ahora que los estadios aguardan a la gente acumulando polvo en sus butacas, son más importantes que nunca estos marcos mentales y sentimentales. El otro día el usuario @baixllo hacía una buena reflexión en Twitter. El Espanyol bajó sin gente en el estadio y subirá sin gente en el estadio, y por eso recurría a este proverbio del budismo zen: “Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?”. Son estos rituales que sólo aparecerán en los vídeos emocionales los que nos han mimetizado con el bosque, convirtiéndonos en abubillas y zorros, en testigos del ruido. Hemos trascendido el fútbol de salón, lo cuántico, hemos estado sin poder estar. Si no, sólo los futbolistas habrían percibido Segunda, y ahora que volverán a abrir los estadios dependerá mucho de la afición que un desastre como el de la temporada pasada se repita. Somos la punta de nuestra cruz cósmica. La X a despejar. ¿Es amor o es dependencia?