Adama y el anverso de la moneda

La Selección se ha complicado el camino en la Liga de las Naciones. No es el Mundial o la Eurocopa, pero el fútbol español necesita recuperar posiciones en la escala internacional. Se jugará frente a Alemania el destino en el torneo, lo mismo que su adversario, envuelto también en un cambio generacional que requerirá confianza, optimismo y buenos jugadores. Son dos equipos donde los más jóvenes ofrecen magníficas expectativas, cumplidas en las categorías menores, donde tanto españoles como alemanes han sido los principales dominadores en los últimos años.

Kiev es una ciudad con imborrables recuerdos en la Selección. Allí conquistó su último gran título, la Eurocopa 2012, con una demostración aplastante contra Italia. Desde entonces, las malas noticias han superado a las buenas. La derrota frente a Ucrania figurará en el capítulo de decepciones. Un resultado que le obligará a un partido crítico con Alemania en Sevilla. La mejor noticia es que esta clase de duelos señalan la verdadera estatura de una selección.

España jugó tres partidos en una semana. Arrancó en Lisboa con una brillante media hora inicial, de las más sugestivas de la selección en mucho tiempo. Portugal igualó el encuentro después, pero no la impresión que había dejado el equipo de Luis Enrique. La presencia de varios jóvenes, sin apenas experiencia internacional, multiplicó el optimismo.

La victoria contra Suiza adquirió otro perfil. Fue un partido táctico, sinuoso, difícil de manejar. Sirvió más para medir la entereza de la selección que su caudal de juego, interrumpido por los suizos con disciplina y la presión muy alta. Una noche para hacerse adulto y para comprobar el tipo de medidas que frecuentemente aplicarán los rivales de España.

Adama Traoré, en una de sus jugadas en Kiev.

La derrota en Kiev comunicó otra historia. Por primera vez en este breve periodo, la selección se volvió vulnerable. Comenzó con buen paso, autoridad y oportunidades. Y sin concretar, un aspecto que pesará una tonelada en el debate mediático que se avecina. Si esa carencia, objetiva por lo que se ha visto, se convierte en una distracción contaminante, el problema será grave.

Ninguno de los cinco delanteros que se citan en la prensa y están en la órbita de la selección -Gerard Moreno, Rodrigo, Morata, Yago Aspas y Alcácer- ha marcado nunca más de 20 goles en la Liga. Son excelentes futbolistas, tres de ellos con un perfil bastante parecido, delanteros que prefieren colaborar en el juego, retrasarse y llegar al área para sorprender. Morata es poderoso en el juego alto, potente en el contragolpe y proclive a las rachas. Alcácer es el Pippo Inzaghi español. No interviene apenas en el juego, se mueve siempre en la frontera del orsay y soluciona a un toque. Puede estar 90 minutos sin deprimirse por no tocar el balón.

No se adivinan más alternativas a este quinteto, salvo un experimento con Ansu Fati, que estuvo plano en la banda izquierda en los partidos con Suiza y Ucrania. No ha cumplido 18 años y ya soporta las angustias que se ciernen sobre las estrellas, un capítulo al que deberán atender el jugador, su entorno más cercano, el Barça, sus compañeros y el seleccionador. Luis Enrique transmite buenas vibraciones con Ansu. Le ha concedido una extrema confianza y no ha dudado en retirarle de los partidos, con razón tanto frente a Suiza como contra Ucrania.

Hay numerosas razones para el optimismo: Pau Torres se ha instalado con buena nota, Merino jugó de maravilla contra Suiza y Dani Olmo fue el mejor ante Portugal. La noticia, por supuesto, fue la apabullante irrupción de Adama Traoré, imparable por potencia y velocidad. Esas cualidades se sospechaban. Su carácter se acreditó como un plus. En Kiev, España terminó por depender de Adama. O al revés, la selección no encontró otra manera de romper la resistencia que el uso masivo de su extremo. Fue el anverso preocupante de la moneda.