Miguel Pardeza

París y una goma atada a la cama

Estoy en una habitación del hotel La Forestiere en el Bosque de St. Germain-En-Laye. Nos han llevado allí dos días antes del partido. Con techos a dos aguas y una chimenea cuya estructura vertical sobresale de la pared en la que está incrustada, el inmueble tiene más de casa rural que de hotel. Desde mi ventana puedo ver el jardín, repleto de flores y árboles, bajo cuya sombra resultaría agradable estar leyendo o tomando una cerveza. Pero ese horizonte está muy lejos de mí. Todo lo que me importa en esos momentos es una goma de cierto grosor. La tengo atada por un extremo a una de las patas de la cama, mientras que en el otro he hecho un lazo por el que puedo meter mi pie izquierdo. He aterrizado allí con molestias en los isquiotibiales que amenazan con no dejarme jugar. De las dos últimas finales de Copa del Rey a las que hemos llegado, me perdí la de Valencia contra el Real Madrid justamente por una contractura. Y la del año siguiente en el Calderón contra el Celta, sólo la pude disputar gracias a un vendaje en mi tobillo que parecía una escayola. Sería una broma, pienso, que el partido más importante de mi carrera se quede en un mal recuerdo. Los únicos que saben de mis dudas y mis temores son los “fisios” del equipo, Kabir y, sobre todo, Paul Knaap, con el que he estado en dos ocasiones en Rotterdam en la consulta de Van Toorn, que en esos años se ha puesto de moda por sus milagros. Su terapia provoca discrepancias y críticas apasionadas. Según algunos, sus métodos son una temeridad. Otros no tienen empacho en acusarlo de ser un impostor que pone en riesgo la salud de los profesionales.

Sin embargo, conmigo sus milagros han funcionado. Una de sus técnicas consiste en hacer sesiones extenuantes de pesas. La teoría es que fortaleciendo el grupo muscular alrededor de la zona dañada, esta queda enmascarada o solapada de manera que su actividad se reduce al mínimo. En cualquier caso, yo estoy en esa habitación con el único objetivo, de acuerdo al magisterio del iluminado Van Toorn, de pasarme el mayor tiempo posible de pie, mirando la cama, mientras potencio mi pierna lesionada. Faltan dos días para que la Fortuna decida. No sonrío a nadie, hablo lo menos posible. Todas mis energías están puestas en esa goma, a la que casi saco humo de tanto como la estiro y estiro. Sólo en las comidas, o en el desayuno, les digo a algunos compañeros que si se han parado a pensar en que estamos ante la gran oportunidad de nuestras vidas. Ante el último cartucho de una generación, algunos de los cuales ya rondamos la treintena. Veo a la gente feliz, ilusionada. La cita es propicia. Venimos de tres años fabulosos, durante los cuales nos han elogiado por nuestro fútbol. Somos conscientes de las expectativas que hemos creado, no sólo en Aragón y en el zaragocismo, algo comprensible, sino en todo el país. Somos un equipo simpático, que ha hecho todo lo posible por dar una vuelta de tuerca a ese estilo basado en el juego ofensivo y en el buen trato del balón. Pasan las horas, y crece mi pesimismo. Pese a las jornadas que dedico a fatigar mi musculatura, no veo progresos y, con decepción que aún no quiero hacer pública, creo que no llegaré recuperado.

La primera noche sueño con jugadas que no podré ejecutar porque sencillamente no he salido al campo. También con que en el primer minuto me rompo estrepitosamente. Tengo que salir del partido, puede que entre lágrimas. Al día siguiente, prosigo con mis ejercicios rezando a un dios que no va a escucharme, que ni siquiera sé si existe. Me cuesta tener fe, porque, incluso habiendo obtenido anteriormente buenos resultados gracias a los conocimientos del médico holandés, pienso que esta vez no va a resultar. No hay mucho margen de mejora, de modo que trato de ir haciéndome a la idea de que no podré estar con mis compañeros. Mis “fisios”, sin embargo, me dan esperanza. Y reparo en que nunca he sido un jugador muy dado al optimismo. En la habitación tengo algunos libros, pero la lectura no me produce ningún efecto. Soy un doliente jugador obsesionado con una sola idea. El día del partido, al despertarme, tengo un pálpito que me llena de buenas sensaciones. Algo me dice que mi pierna ha reaccionado, que ya no es la misma que cuarenta y ocho horas atrás. Salgo al jardín y amago una carrera para evaluar si mis impresiones son verdaderas o se trata de una simple ilusión. Pero no, noto la pierna más segura, como decidida a darme esa oportunidad que los años no olvidarán. Se apodera de mí un sentimiento creciente de egoísmo, ese egoísmo del jugador que no quiere perderse la ocasión de participar en el asalto a la gloria. ¿No estamos aquí para eso -me pregunto-, para ganarnos un hueco, por pequeño que sea, en la historia? Al contrario de cómo había gestionado el pesimismo, ahora me decido a compartir mi mejoría. Tengo razones suficientes para pensar que llegaré en condiciones. Me acuerdo de Van Toorn, cuya discutida locura está a punto de convertirme en protagonista en lugar de dejarme en simple espectador.

Cuando salgo al Parque de los Príncipes con Cedrún, Belsué, Aguado, Cáceres, Solana, Aragón, Poyet, Nayim, Higuera y Esnáider, en lo último que pienso ya es en mi pierna, que casi diría nunca ha estado tan sana. Miro a las gradas y localizo la zona de nuestra afición. Por allí no cabe una bandera más. Siento el latido de todos los que se han desplazado hasta París como si estuviera dentro de mí. Qué no daría, reflexiono, por que toda esa gente saliera con lágrimas de felicidad del estadio y no de tristeza. Pero, esa fortuna, me digo a continuación, no está en el pie de nadie. Luego, con el juego comenzado, pasamos por distintas fases. De un inicio lleno de dudas e imprecisiones deambulamos por un periodo en que nos venimos arriba y creemos en la victoria. Después de cumplirse los mejores augurios con el gol-golazo de Esnáider, todo se va al traste con el empate de John Hartson. Qué injusto sería, musito sin poder formularlo, que esto acabara así, en un triste empate, que haya que resolver por penaltis. Esos malditos ingleses, tan poco finos con la pelota, han aguantado el partido mejor que nosotros. Pero siendo sinceros, incluso antes de la prórroga, no veía con malos ojos esa suerte. Esa es la verdad. Y por otro lado, los penaltis tampoco se nos dan tan mal. ¿Acaso no ganamos al Celta en la final del año pasado precisamente desde los once metros? Y entonces se da el milagro, el milagro definitivo. Estamos al borde de la extenuación y del centro del campo. Ellos se han adelantado en una acometida desesperada. La pelota cae a los pies de Nayim. Y yo lo miro esperando su pase, no sólo porque hay mucho espacio, aunque no sé si llegaré con frescura para ponerme delante de Seaman y batirlo, sino también porque Nayim es un buen pasador, uno de los mejores con los que he jugado nunca. Y cuando ya cojo aire para enfrentarme al cielo o al infierno, Nayim resuelve de pronto todos mis titubeos con un golpe magistral, de genio absoluto, o inspirado vete a saber por quién. ¡Qué cabronazo!, ¡Qué cabronazo!, me digo antes de ponerme a gritar, a correr y a saltar como si nunca hubiera tenido la más mínima molestia en mis isquiotibiales, como si estuviera realmente en París, donde miles de zaragocistas ya celebran el triunfo.