Hambre de balón

Después de que Dani Garrido abriera en Carrusel los micrófonos a un ejercicio emocionante de adiós a Michael Robinson, Movistar emitió el documental que recoge otra vida dedicada al fútbol, la de Andrés Iniesta. Hay un poema de José Hierro, Réquiem, que termina así: "No he dicho a nadie que estuve a punto de llorar". Michael dejó tras de sí la pasión de reír contando el fútbol en serio, y la contagió a todos sus amigos, a todos sus oyentes o espectadores, hasta el último suspiro. Dicho por él, y por Valdano o Relaño, tres maestros de la memoria del fútbol hecha escritura o voz, el fútbol se ha movido del lugar común para convertirse en un deporte bien dicho, que combina la ambición del arte con la emoción del resultado. Robinson dejó tras de sí esa estela de respeto que el fútbol merece y que él transmitió con convicción y alegría.

Iniesta es un futbolista. Ni el campo ni fuera de él hizo de ganar un instrumento contra el otro. Verle llorar por la alegría de ser querido, tanto en el campo como en ese reportaje, me puso, como aficionado, al borde de las lágrimas, porque es de verdad. Yo sí puedo decir que, escuchando en Carrusel hablar de Robinson y viendo el documental sobre Iniesta, como José Hierro, sí estuve a punto de llorar.

El fútbol genera gente así, en todas las épocas, y todos ellos son singulares personajes que, desde mi infancia, me han ido diciendo que el fútbol no es sólo las noticias que genera sino el sentimiento que despierta. Este hambre de balón que tenemos ahora, ante la perspectiva del regreso del fútbol a nuestras vidas, forma parte de una manera de estar con otros y de aspirar, una y otra vez, a que se nos cruce en el firmamento de los ídolos gente como Andrés y como Michael. Ellos nos han ayudado a seguir teniendo hambre de balón.