White and blue monday

En la grada, de David Gallego (mucho más perico que extécnico) al niño Hugo, mediático ya por sus lágrimas sinceras, limpias, incontenibles en la victoria. Sobre el césped, de David López, que también las derramó emocionado tras un esfuerzo inhumano, al penúltimo en llegar, Raúl de Tomás. Y que no cierre la puerta porque, si bien el temporal arrecia, caben más empezando por Cabrera en este barco que busca puerto desde alta mar.

Desafiando a la borrasca Gloria y convirtiéndola en un Glòria als Herois, el himno oficioso y alternativo del Espanyol. Sin distinción, los 3.000 pericos que se apoderaron ayer de La Cerámica, donde se hicieron oír y sobre todo sentir más que la afición del Villarreal, han escrito una de esas páginas de la historia de su club que una y otra vez rememorarán las hemerotecas. Las videotecas. Y la memoria de ese entretenimiento elevado a modo de vida llamado fútbol.

Lo que se vivió ayer en Vila-real fue un auténtico tratado sobre el amor. Ese sentimiento que es irracional, pero que cuando surge es imparable. Y que solidifica cual cemento armado conforme más se sufre. Y cómo se sufrió. Ya de entrada, porque el partido empezaba en cuesta, con la victoria al mediodía del Mallorca, comentada y maldecida en cualquier bar o restaurante del municipio castellonense.

Luego dio tregua el equipo, con ese hambre que ha instaurado Abelardo y que ya se vio en el derbi, traducido esta vez en un arranque mágico y una primera parte de equipo Champions. Como lo deberá ser la segunda vuelta. Y así hasta la media hora final, en que cada segundo duró lo que una hora en la sala de espera del dentista.

Contra la tormenta, contra el VAR, contra la clasificación y hasta contra los algoritmos: que alguien le diga a quien se inventó lo del Blue Monday (que señala este lunes como el día más triste del año) que no podía estar más equivocado. Si acaso, White and Blue Monday. Para el perico, vivir a la contra es más que sobrevivir.