Ajedrez con negras en el Camp Nou

Humo y tablas. El Barça-Madrid fue decepcionante hasta todo punto. Del Madrid ya se sabía que ofrecería mucho balón y poca pegada. Del Barça, que viviría menos del balón y más del golpe. Pero no tuvo ni eso. Nadie, ni el rey del fútbol, dio la talla. No se le puede pedir un gol cada Clásico a Messi, aunque eso también estaría en cuestión cuando se revisa a los grandes de la historia como Jordan.

Pero el partido hubiese exigido más de otros artistas, especialmente De Jong. Un gran jugador, estético y bello de ver, pero que ha costado 86 millones de euros. Eso exige coger de la pechera un equipo que ha perdido vigor porque Busquets no estaba, Rakitic da ciertos síntomas de menos vitalidad y Lenglet acabará desnudo el día que Piqué, que es un tremendo jugador de fútbol, se marche. A Vidal, un esforzado de la ruta, es gratis darle. Pero, por estadística, y porque se equilibra más, este Barça de 4-4-Messi-Suárez es mejor si él está en el campo en partidos así, perdón por la tristeza.

El partido acabó como una partida mala de ajedrez de esas que se ven ahora en Washington Square cuando uno pasea por allí buscando las huellas de Bobby Fischer. De aquel genio se ha contado que aparte de paranoico era un ajedrecista voraz y agresivo, un rebelde. Este Barça, que se mueve al ritmo de Messi, va envejeciendo con dulzura y suavidad. Y es imposible no ponerse nostálgico con aquel equipo arrebatador en el que Guardiola un día se ponía la chaqueta y otro día se partía la camisa como Camarón. Los tiempos cambian y Messi sigue, pero el Barça necesita un zarandeo de veinteañero.