Una herencia de oro, un equipo en ascenso

A Messi le dieron el Balón de Oro. El sexto de su carrera. Eso es como ganar, así hizo Nadal, una herencia para el futuro. La carrera del fútbol dura casi tanto como la trayectoria de un tenista, por eso hay que aquilatar el triunfo sucesivo de Messi, que no es el de un individuo, sino la consecuencia de unas épocas en las que el Barça ha tenido medios, defensas o porteros que han sustentado a este genio. Anoche se produjo en el Camp Nou una metáfora de ese hecho colectivo. Ter Stegen centró un gol, que marcó Griezmann, ahora apadrinado por los veteranos más ilustres. Luis Suárez celebró un taconazo que parecía un aplauso a su vecino. Y Messi, cómo no, recreó suertes que lo han hecho imprescindible y famoso no sólo como jugador de fútbol sino como individuo capaz de romper el maleficio de una dolencia, encomendándose a este deporte, y a este club, para llegar a ser el mejor del mundo.

Ahora ya su estatura no se mide en centímetros, sino en goles, en triunfos como ese Balón de Oro que esta vez llegó de manos de sus hijos y que residirá en la memoria del Barça como un ejemplo de que un genio sin equipo es un lobo solitario.