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A veces

A veces echo de menos cuando éramos malos. Cuando Andrada me llamaba y me decía: "Vente a casa". Y justo antes de llegar, un SMS: "Sube el AS". Su casa en el 36 dando a la bahía. Las nubes eran adolescentes. En su cuarto hablábamos de los fichajes del Madrid y Heinze nos parecía el mejor, el tapado, el que nos iba a devolver a la élite en Champions desde la seriedad atrás. Eran días luminosos, pero no íbamos a la playa. Eran días de estudiar, pero no estudiábamos. Era casi septiembre, pero creíamos en la inmortalidad de agosto. Andrada ponía un disco de Oasis y me enseñaba su cuarto, que había redecorado por alguna extraña razón con fotos recortadas de periódicos de Ronaldo, Figo y Beckham. Fotos de aquellos días de galaxias y vacíos infinitos. De mates financieras y besos de ginebra y humo. De 'Turnedo' y Robinho. "Ya, ya sé que tengo una edad, pero me apetecía". Y luego estallaba en ese ataque de risa histérico tan suyo, aplaudiendo como una foca premiada con un arenque. Parecía imposible que un chico con esa vitalidad hubiera estado en coma.

Heinze jugó en el Real Madrid de 2007 a 2009.

Nos dejaban todas las novias, nos mentíamos, nos gustaba Capello, nos mandábamos en Nochebuena un christmas de Baptista marcando un gol en diciembre en el Camp Nou: "Feliz Día de la Bestia". Éramos hijos del tamudazo: imprevisibles, desordenados, esperando una remontada. Dos tarados felices hablando siempre del Real Madrid. Porque nada nos importaba más que eso. Incluso más que el propio fútbol. "Este año puede ser el año", nos decíamos. Jamás lo era. Nos hacíamos unas alubias en pleno verano. Me regalaba siempre algo de su cuarto: un libro ("Three men in a boat"), una corbata, una película, un disco. Abríamos las ventanas. Hablábamos de gente conocida de la universidad. Jugábamos al Pro. Releíamos a Gistau. Le preguntaba si tenía un esmoquin para una fiesta absurda. Nada tenía sentido, pero al mismo tiempo, de un modo extraño, todo encajaba. La eternidad también es esto. Nunca seremos tan jóvenes como aquel verano. Nunca seremos tan malos. Nunca pensé que echaría de menos a Heinze.