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El balón unió a los alemanes

Vivimos momentos convulsos. De crispación. A día de hoy, los muros y las fronteras parecen estar más de moda que la unidad y la convivencia. No hablo solamente de la situación en España, sino en todo el mundo. Como hijo de padres sevillanos (uno de ellos, muy a mi pesar, sevillista), nací en Múnich nueve meses antes de que la caída del Muro de Berlín supusiera el punto de partida de una reconciliación que necesitó de muchos años más para producirse de manera definitiva. Fue 17 años después, durante el Mundial de 2006. Alemania cayó en semifinales ante su verdugo italiano, pero cuando ellos hablan de aquel mes de verano, de sol y felicidad, siguen hablando de su Sommermärchen. Su particular cuento de hadas estival. Fue la primera vez, después de muchos años de complejos, que el país se tiñó de negro, rojo y oro. De sus colores. Sin pudor por el pasado. Orgulloso del presente e ilusionado por el futuro.

Más de una decada y media de superación, tanto política como social, no fue capaz de lograr lo que un simple balón de cuero evocó en 80 millones de alemanes durante aquellos meses de junio y julio. Ocho años después, en 2014, volvieron a ganar un Mundial. Fue el cuarto, pero la euforia tras la final de Río de Janeiro y todo lo que aún esté por venir quedará eclipsado por lo que significó aquel 2006. Supuso el final de las barreras entre alemanes, de los prejuicios ante alemanes (sí, aquí también sale el sol) y de vivir en el pasado alemán. La memoria permanecerá. Debe hacerlo. Se construyó un muro que les dividió. Pero ellos y un balón terminaron derribándolo. Que sirva de ejemplo.