Vinicius, el meme

Ver a Vinicius romper a llorar después de marcar a Osasuna me recordó por qué detesto las prisas. Se quiere ser el primero en todo y es algo que me agobia. Tal vez por eso sueño asiduamente que voy conduciendo a gran velocidad por una carretera y me salgo en la primera curva cerrada. O quizás sea esta imagen la causa de mi rechazo. No sé. Creo que es hora de llamar de nuevo a mi psicólogo. El caso es que se suele opinar con demasiada rapidez. Hay pocas satisfacciones mayores que un “te lo dije”. Pero ese afán por ser profeta conlleva un riesgo alto de descarrilamiento. Se construyen héroes prematuramente y se lanzan por el precipicio en cuestión de semanas. La figura de Vinicius es fiel reflejo de ello. Ha pasado de futuro Balón de Oro a meme en un pestañeo. Nunca es aconsejable caminar sobre los extremos, tampoco en el fútbol; se extravía el foco.

Con Vinicius no hay que perder la perspectiva. Sólo tiene 19 años. Son muy pocos los que con esa juventud rompen el techo y llegan a jugar en el Real Madrid y en la selección absoluta de Brasil. Hay que tener algo más que cuerpo, descaro y márketing para acabar ahí. Tampoco debe ignorarse que la pasada temporada ‘se le exigió’, recién llegado de su país y con la edad en la que gran parte de futbolistas se están formando, ser el salvador de un equipo a la deriva y no sólo aceptó el reto (animado por la fe de Solari) sino que lo agarró con determinación. Esto no lo hace un cualquiera y es encomiable. Pero fue en ese instante cuando con él se pisó el acelerador más de la cuenta. Es cierto que aireó un vestuario cargado, que remolcó el carro, que encaraba y jugaba con una valentía de la que carecía ese equipo. Sin embargo, su temporada, tan llena de destellos como de errores de juventud (malas elecciones, baja definición…), no le hubiese dado para que el Bernabéu reclamase su titularidad en un año ‘normal’ del Madrid. La ilusión en tiempos revueltos distorsiona la realidad y eleva a los altares con ligereza.

Como en el fútbol se consume todo a una velocidad endiablada, cuando Vinicius comenzó a jugar con el viento en contra dejó de ser esperanza para convertirse en bulto sospechoso. Con dudas por la lesión y la presencia de un nuevo entrenador, que le llegó a poner en una zona antinatural para él como es la banda derecha, el jugador comenzó la temporada agarrotado, perdió la sonrisa y la frescura y empezó a generarse en torno a él un ruido del que no ha podido aislarse. Esa permeabilidad al runrún le hace salir al campo con una presión añadida que le lleva a precipitarse o pensar demasiado y, por tanto, a fallar más de la cuenta. No olvidemos que es un niño de 19 años. Creo que esta circunstancia no se está calibrando adecuadamente y este miércoles ante Osasuna ya recibió su primera pitada en el Bernabéu. Después, como si la pelota se hubiese apiadado de él, marcó y se quebró, mostrando al mundo la excesiva carga interna que está soportando. Con Vinicius se debe tener paciencia para que acabe convirtiéndose en el gran jugador que apunta a ser y no devorado por la ansiedad. También con Rodrygo (18 años) y Ansu Fati (16), aunque ahora parezcan imparables. Las curvas llegarán.

Lo que viene a continuación lo encontré en Twitter (a veces los tesoros se hallan en los lugares más insospechados). Es una entrevista a Albert Puig, excoordinador del fútbol base en el Barça, en la que, al referirse a los jugadores jóvenes de la cantera, expuso una reflexión que puede adaptarse al caso de Vinicius: “Pensar que los chicos con 18 años como Messi pueden llegar y triunfar en Primera es una gran equivocación. Tienen su proceso madurativo y con 24 o 25 años serán como por ejemplo fueron Xavi o Iniesta. Es la edad a la que empiezan a desarrollarse a altísimo nivel. Pero tienes que confiar en ellos. Si no confías es imposible”. Paciencia y confianza de todos (club, técnico, afición, él mismo...) es lo que necesita Vinicius para no acabar saliéndose de la carretera. Hoy no es un Balón de Oro. Por supuesto que no. Pero tampoco es un meme.