Ramos y la epidermis de la UEFA

El disparo siempre se lo lleva el pianista (léase, periodista) y ya se encargó Solari de apretar el gatillo cuando dijo que la autoconfesión de Sergio Ramos en Ámsterdam fue “por una pregunta capciosa”. “¿Has provocado la tarjeta?”, fue la ominosa cuestión de mi compañero de Gol. Ramos no estaba en un sótano de la Gestapo, con una luz apuntándole al rostro, ni delante de un juez; simplemente tenía un micrófono y todas las facilidades del mundo para hacer algo que tampoco nos pillaría por sorpresa a ninguno de los que estábamos en aquella zona mixta: pudo mentir. Sí, decir lo que fuera. Da igual. Salvar el pellejo. Dijo la verdad, libre y voluntariamente, y el capitán madridista va a pagar ese arrebato de sinceridad o de imprudencia (llámenlo como quieran) con un partido de cuartos de final si el Madrid se clasifica este martes.

Pero llama la atención que a nadie, en un club como el Real Madrid tan hipertrofiado en su área de Comunicación, se le ocurriera que quizá no era el mejor día para que hablase el capitán justo minutos después de haber buscado una tarjeta ante los ojos de media Europa. Total, sólo ponen habitualmente a disposición de la Prensa dos o tres futbolistas, según se gane o se pierda. Había trece más para intentar convencer (sí, casi hay que rogarles).

Ramos se puso él solito en la mirilla de la UEFA pero tampoco podemos olvidar que es un organismo con la piel como papel de tabaco cuando se trata del Real Madrid. Aquel teatrillo barato de Mourinho también ante el Ajax (y con Ramos por medio, además) fue casi una mofa al artículo 15 del reglamento de la UEFA, el que castiga las amarillas forzadas. Pero la UEFA también le calzó un partido más a Carvajal la temporada pasada por creer que forzó una amarilla en Chipre en un saque de banda. Carvajal no dijo esta boca es mía. Así que o, tienen mentalistas escondidos en los estadios, o no se explica cómo pueden demostrar en un Comité que el lateral leganense la buscó expresamente. Epidermis, la de la UEFA, que parece de rinoceronte cuando se trata de otros clubes. Del Barcelona, sin ir más lejos. Con Iniesta miraron a otro lado cuando, en 2011, obstaculizó adrede un saque del Shakhtar para llegar aseado de tarjetas a semifinales. Aún está fresco el bochorno, en 2016, de la amarilla que pactó Piqué con Luis Enrique en la banda del Emirates para no jugar la vuelta con el Arsenal. Escenificada ante las cámaras, pero pillarían al árbitro mirando la hora y al delegado de la UEFA en el bar. Ni expediente le abrieron. No habló en zona mixta, quizá fue por eso