Fútbol con argamasa

Fútbol con argamasa. De los de ladrillo y muralla. Así se vive en el sufrimiento del pozo. De ahí no se suele salir con goles, sino con cascos de obrero. Pico, pala, hormigonera y a currar. Era la fórmula con la que parecía haber encontrado Pellegrino esta vez su refugio. En la seguridad de blindarse. En el miedo a no perderse. El Flaco repitió la fórmula del milagro ante el Barça. Erigió una defensa de cinco, fomentó la seriedad en el medio y pidió correr arriba para meterla cuando tocara. O cuando se pudiera.
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La teoría funcionó en la primera parte, pero la práctica se evaporó en la segunda. Todo al calor del solecillo de Butarque, donde siempre era primavera para el Lega. Hasta ahora. Esta vez se hizo invierno. El Atleti trajo el frío. Lo escondió Griezmann en una zurda siete estrellas. Como las del escudo que portaba en el brazalete. El Capitán Principito congeló a Cuéllar con esa falta gritada al infinito. El resto apuntó a historia del pánico. De olisquear el miedo sin saber muy cómo espantarlo.
Solo quedaba asirse a la fe eterna de quien cree porque sí. Porque en Leganés los sueños se cumplen. El de Tarín era jugar en Primera. Carrillo siempre quiso triunfar en Europa. Deseo concedido. Uno y otro construyeron el gol del empate. Un tanto de piedras preciosas y granito de esperanza. Cemento para elevar muros de orgullo. La lucha sigue. Aunque no sea bonita. Fútbol con argamasa.



