ALBERTO MARTINEZ

Las gafas mágicas de Manel

Le tuvo que llegar la hora en medio de un partido del Málaga, club en el que plantó semillas como lo hizo durante casi 20 años en el Espanyol. Su faena tiene mérito.

Alberto Martínez
Redactor de Fútbol y Más Deporte
Licenciado desde 2006 pero escribiendo crónicas desde 2003. En AS desde 2005, donde informa del Espanyol y de polideportivo, especialmente de deportes acuáticos. Ha estado en tres Juegos Olímpicos, cinco Mundiales de Natación y tres Europeos. Autor del libro ‘Jesús Rollán eterno’.
Barcelona Actualizado a

Aunque en los últimos años era habitual ver a Manel Casanova con sus muletas y conversar amigablemente tanto de médicos como de fútbol, su fallecimiento ha sido un shock. “Esto es un rollo”, decía meses atrás mientras aguardaba en Barcelona su última operación. Él era un hombre de acción, de ver fútbol con sus gafas mágicas capaces de descubrir el talento. Recuerdo un partido de cadetes en Sant Cugat en el que coincidimos. Sacó el móvil y me enseñó una fotografía. “Solo la tenemos tres personas”, me comentó. Era Marco Asensio, con apenas 11 años, vestido del Espanyol. “Era muy bueno, pero aún pequeño. A los meses ya se lo llevó el Mallorca”.

Le tuvo que llegar la hora en medio de un partido del Málaga, club en el que plantó semillas como lo hizo durante casi 20 años en el Espanyol. Su faena tiene un mérito incalculable y trasciende a estas dos entidades. Los focos siempre apuntan a la elite, al jugador profesional y al entrenador que gana títulos, pero antes hay una serie de actores que se encargan de que este proceso sea natural, de separar el grano de la paja en términos futbolísticos. Y en eso Casanova era un privilegiado, con ese listado que tenía escrito a mano, un auténtico manuscrito, con los jugadores que llegaron a Primera gracias a él. Cualquier jugador que se le puede venir a usted a la cabeza, el excoordinador del Espanyol tenía una historia para contar. “En esto también fallas”, repetía humildemente.

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Pero sería injusto que Casanova quedara solo en la memoria como un ojeador. Lo era de jugadores, pero también de entrenadores, era un líder a su manera. Creó en el Espanyol una cultura de trabajo, con Óscar Perarnau, Lluís Planagumà, David Fernández, Dani Fernández, Albert Villarroya, Jacint Magrinyà, Juanlu Martínez (y muchos más). La mayoría eran jóvenes y Casanova aprovechó esas ganas que tenían de comerse el mundo para inculcarles su manera de entender esta vocación/oficio. No les importó hacer centenares de kilómetros para fichar talento. Solo así se podía competir con el Barcelona, club al que Casanova rechazó en numerosas ocasiones.

Hace apenas dos años y medio, en la Semana Santa de 2015, me encontré a Casanova comiendo en un modesto restaurante de Málaga. Solo. Estaba leyendo el periódico y apuntando en una libreta. Me preguntaba sobre el Espanyol, su pasión. Nunca se lo quitó de la cabeza y ahora lo seguirá desde el cielo. Descansa en paz, Manel.

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