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Felipe, de Canena al cielo

Felipe, de Canena al cielo

Felipe Reyes cumple hoy 37 años regalándose lo que más le gusta: un partido de baloncesto ante el Panathinaikos en la sala OAKA, una de las pistas con más liturgia de Europa. Recuerdo a Felipe en septiembre de 2013 en Buenos Aires, donde había acudido invitado por la candidatura de Madrid 2020 para empujar el sueño olímpico. Por esos días, España jugaba en Eslovenia el Eurobasket, al que Felipe había renunciado para tener un verano de descanso doce años después. Allí en Argentina, junto a Pau Gasol por cierto, se confesó arrepentido porque lo que a él le ha gustado toda la vida es competir. “Si me dejan, vuelvo el año que viene”. Y ahí siguió Felipe, año tras año, con sus 4. 293 rebotes en la Liga Endesa y con el fuego necesario para seguir compitiendo.

Con 702 partidos, está a tres de subirse al podio de la ACB. Desbancará a Azofra y sólo le quedarán Nacho Rodríguez (738) y Rafa Jofresa (756). Tiene, además, 236 internacionalidades, una menos que Navarro y tres menos que Epi. Pero Felipe es más que sus devastadores números. Un luchador que desmintió a entrenadores como Messina que trataron de orillarle o a seleccionadores como Orenga que no lo consideraron lo que merecía. Pero, sobre todo, Felipe es un jugador querido hasta el extremo en los vestuarios. Y un tipo familiar. A Canena (Jaén) fue este verano después de los Juegos de Río a dedicarle la medalla a su padre Alfonso, fallecido en 2011. Allí tiene un pabellón a su nombre y allí ha llevado con su hermano hasta 13 medallas. Nunca olvidará sus orígenes.

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