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El caso de Kósovo

Afirmar que el deporte promueve la paz o fomenta los derechos humanos es un poco osado. No siempre ha sido así. El barón de Coubertin, que resucitó las Olimpiadas en el siglo XX, tuvo el tupé de decir que el mayor logro de su carrera era haber llevado los Juegos Olímpicos al Berlín de Hitler. Los judíos del mundo se mesarían los cabellos.

También es problemático sostener que en el fútbol no hay política. Muchos gobiernos han tenido la tentación de identificar los logros deportivos con la superioridad de un sistema político, el dopaje oficial ruso actualmente es un buen ejemplo. Hay Olimpiadas boicoteadas por razones políticas (la de Moscú de 1980 por Estados Unidos, Japón, Alemania, España… por la invasión soviética meses antes de Afganistán, y la de Los Ángeles como represalia de la URSS y sus amigos) y, en el fútbol, aunque los casos sean raros, algún país se ha negado a jugar con otro por no tener relaciones o no reconocerlo.

Se plantea ahora el caso con Kósovo, un pequeño país desgajado de Serbia gracias a la intervención violenta de Occidente cuando el déspota serbio violaba allí brutalmente los derechos humanos. Kósovo aún no ha sido reconocido, por distintas razones, por importantes países como Rusia, China, España, India, Argentina, Egipto…No está en Naciones Unidas. Participa, sin embargo, en la fase previa del próximo Mundial de fútbol.

¿Qué pasaría si en Moscú le tocara enfrentarse a la selección de un país que no lo reconozca? La posibilidad es remota, pero el partido, en 2018, se celebraría. En el pasado, ciertos gobiernos han hecho remilgos a la hora de encontrarse con naciones, no ya a las que no reconocían sino con las que no mantenían relaciones. En la Eurocopa celebrada en España varios ministros tuvieron ante Franco posturas divergentes sobre la conveniencia de que fuéramos sede porque quizás nos veríamos las caras con “los rojos” de la Unión Soviética. Nos las vimos en la final con el resultado conocido. Ganamos 2-1 a los soviéticos con el gol de Marcelino, que yo vi detrás de aquella portería, y Franco escuchó respetuosamente de pie el himno de los execrados comunistas.

Si la FIFA ha admitido a Kósovo hay que jugar con él. Si te niegas, tu pagas el pato y pierdes el partido, quizás con sanción. La FIFA, una vez admitido, no puede vacilar. Lo noticioso sería un enfrentamiento, muy hipotético, entre Rusia y Kósovo.