Incendio olímpico
La crisis rusa enfrenta a COI y AMA. La tensión devuelve los Juegos a sus peores días. Nadie habla de Phelps, Bolt y compañía.
No lo parece, pero faltan dos días para el comienzo de los Juegos Olímpicos. Ni rastro de las emociones y las expectativas que producen los mejores atletas del mundo. Llegará su momento, sin duda, y los aficionados disfrutarán del espectáculo. Así se ha construido más de un siglo de competiciones olímpicas y así sucederá de nuevo, con ídolos conocidos y con los nuevos que irrumpirán en las tres próximas semanas. Sin embargo, hacía décadas que el deporte olímpico no atravesaba tiempos tan deplorables. Los Juegos no están en peligro en el inmediato futuro, pero su salud está muy quebrantada, tanto o más que a finales de los años 70.
En aquellos días, los Juegos eran el escenario donde se debatían algunas grandes cuestiones del orden mundial. África boicoteó los Juegos de Montreal por el apartheid sudafricano. Estados Unidos y algunos de sus aliados esgrimieron la invasión soviética de Afganistán para no acudir a Moscú 80. El bloque soviético, con la excepción de Rumanía, rechazó la participación en Los Ángeles 84. No hubo otra vía de recuperación que la política, por la vía de los hechos consumados. La debilidad estructural de los últimos años del comunismo en la URSS alimentó la apertura de Gorbachov y, en un vertiginoso periodo, el derribo por demolición de todo el sistema soviético.
Cambios. Se configuró un nuevo mundo, lleno de incertidumbres, pero extremadamente optimista para los dirigentes del deporte mundial. El Comité Olímpico Internacional (COI) y las grandes federaciones —fútbol, atletismo, baloncesto y natación principalmente— se encontraron con un terreno despejado para explotar la nueva globalidad, la vinculación del deporte con la industria del entretenimiento y la ausencia de las viejas trincheras políticas. En busca de una audiencia hambrienta, el resultado fue una época de despegue masivo del deporte.
Ese deporte rampante estaba infectado por los problemas que le han conducido a su actual deterioro. La codicia, la corrupción, el dopaje, el cinismo y la incompetencia han acabado en muy poco tiempo con los años del champán para todos. Hemos visto en el último año las caídas de Sepp Blatter en la FIFA, de Lamine Diack en la Federación Internacional de Atletismo y la crisis galopante en el COI y sus alrededores.
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Es reseñable que buena parte de este desplome estructural se haya producido por la existencia de una prensa crítica y comprometida con su trabajo. Periodistas como el alemán Hajo Seppelt o el británico Andrew Jennings, que recibió durante décadas el tratamiento de apestado en el COI, han sido decisivos en la investigación de muchos de las miserias actuales. Las revelaciones de Grigory Rodchenkov, jefe del laboratorio de Sochi en los Juegos de Invierno, en el New York Times terminaron por destapar el asunto que ahora impide observar los Juegos como un glorioso escenario deportivo. Alrededor del dopaje, y de las sistemáticas prácticas organizadas por el gobierno de Putin, se escenifica un combate a cuchillo donde se mezcla la política, el dinero y los intereses de los grandes organismos deportivos, sin olvidar el miedo. Nadie quiere cargar con sus responsabilidades, todos descargan la basura en el vecino —el COI derivó ayer toda la culpa del problema ruso a la Asociación Mundial Antidopaje (AMA)— y se multiplican las decisiones contradictorias.
Ya no se trata de turbulencias en el deporte mundial, sino de un seísmo de consecuencias impredecibles. Nadie habla de Phelps, Bolt y compañía a dos días del comienzo de los Juegos. No se puede en medio de este incendio descomunal.




