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La cripta de los suplentes infinitos

Pedro, Pedrito. A Pedro le tocó la china en el Barça cuando el tridente empezó a mandar. Mientras tanto, este excelente delantero tinerfeño, que había salido de los juveniles de la isla casi directamente al estrellato con que lo ungió Pep Guardiola, hizo algunas temporadas de mucho mérito, ingresó en la Selección de Del Bosque (al que desairó últimamente, aunque luego abrazó del mejor modo) y parecía tan seguro en la delantera azulgrana que resultaba indestructible. Pero no fue ni la edad ni la mala forma las que le rebajaron el ego de jugar, sino aquel tridente que a él le resultará, quizá, aunque Pedro es de sur, no es rencoroso, un trío peor que inolvidable: una pesadilla.

Irse del campo. Lo que a Pedro le produjo ese aislamiento provocado por el trío de ases azulgrana fue una enorme nostalgia de campo, que es la peor de las nostalgias de un futbolista: también es una pesadilla. Irse del campo es como perder el foco; a nadie le gusta desaparecer del estrellato, sobre todo en fútbol, que vales por lo que sales (jugando) en televisión. Ha habido, en esta época mágica al principio y casi mágica luego del Barça, suplentes resignados, como Adriano o como el inquieto Ter Stegen, que también lo pasó mal, aunque su suplencia fuera acordada. Pero ha habido también suplentes cabreados, como Pedro, que como Pedrito jugaba indiscutiblemente y como Pedro vivió su calvario. Por eso se fue al Chelsea de Mourinho, donde el estrellato fue de alineaciones pero no de juego, porque adaptarse a Mourinho es tan difícil como adaptarse a la suplencia.

Síndrome. Este síndrome Pedrito se ha generalizado en el fútbol. Lo ha sufrido Jesé en el Madrid, como lo sufrió Morata, como lo han sufrido tantos. Como lo sufrió Montoya en el Barça y como lo sufren tantos en los equipos que duplican sus plantillas esperando jugar en todas las competiciones posibles. Ese hambre que tiene el fútbol por acapararlo todo, y por acaparar futbolistas para todo, ha alejado a buenos jugadores (como Pedro) de las plantillas más codiciadas. Ahora al Barça y al Madrid se les resisten algunas estrellas, o estrellitas, porque ya tienen nombre para estar en las primeras plantillas y le temen a las suplencias como un misterio encriptado. Estar bajo el toldo, mirando un partido de fútbol, debe ser peor que estar en una trinchera cuando no hay ni guerra.

No. Por eso dicen tantos que no a los grandes. No sé si por ahí viene el tira y afloja de Pogba, que deshoja la margarita con la delectación de una geisha que tuviera muchos enamorados. Lo cierto es que el dinero que se baraja por su ficha debería hacer razonar más a ras de tierra, o de césped, a los pretendientes, el Madrid incluido. Esa cantidad que supera los cien millones es una locura. Como se dice en el mundo editorial, los equipos deben saber que ante una demanda desproporcionada ‘No’ es también una respuesta.