¡Visca Zidane! ¡Viva el fútbol!
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Hay en Zidane la pasión del fútbol, y eso se contagia con los ojos, con el corazón, con esa cabriola inolvidable que es su emblema para siempre del mejor fútbol del mundo. Con esa manera de entender el fútbol como un juego, este hombre nacido de la misma estirpe orgullosa de Albert Camus desafió hace 19 partidos la maledicencia nacional: si no fue capaz de levantar el Castilla, ¿qué iba a hacer con los mayores? Desde ese orgullo del que nacieron sus cabriolas Zizou ha dado una lección táctica y oral. Situó al equipo en el campo de juego y en el campo de las competiciones, y sin alharacas, sin jugar sucio ni con la lengua ni con el corazón, convirtió de nuevo el Madrid legendario al que perteneció en un equipo competitivo que se despertaba no sólo al llegar del vestuario sino en las partes en que se pierde el ánimo de los partidos: en la parte de la siesta, cuando ya parece que todo el pescado está vendido. Esa ha sido una apuesta estética, que él logró puntualizar con ese entusiasmo que un día le hizo perder el equilibrio elegantísimo de los pantalones. No tuvo, ni en el vestuario ni en el banquillo, un gesto que delatara su rabia o sus nervios, y compitió con la legalidad del buen juicio en circunstancias muy adversas.
Cómo nos ha sentado a los barcelonistas? Desde mi punto de vista (y es sólo un punto de vista, ojo, no es una crítica a otros), Zidane ha mejorado la Liga, la ha situado en el debate sobre el fútbol como juego, no en el debate del fútbol como el gana-pierde al que nos acostumbraron las quinielas mezquinas. Los partidos del Madrid han sido mejores, nos hizo morder el polvo en el Nou Camp y nos ha llevado a mal traer en este momento del campeonato. Aún así, Visca Zidane, porque elogiándolo a él elogiamos el fútbol.




