Un partido al salir de la escuela
El dueño del balón era Cruyff.
Esta foto me llegó hace unas horas vía Twitter. Desconozco el lugar donde se sacó, el autor y la fecha. Son datos secundarios en esta historia. Tampoco importa mucho quiénes son los que posan… salvo uno.
Si observan la foto con detalle verán que todos sonríen. Son niños felices y un punto gamberros. Uno saca la lengua, otro revuelve el pelo del compañero que posa debajo de él, otro se lleva la palma de la mano a la barbilla haciéndose el interesante. Varios se pasan el brazo por el hombro en señal de camaradería infantil, y todos, absolutamente todos, sonríen. Son felices, especialmente uno de ellos. Si se fijan, el que más ríe y disfruta del momento con aire travieso es el que tiene el balón consigo. La pelota siempre quiso estar a su lado. Se llamaba Johan Cruyff.
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El balón lo ha sido siempre todo. Cuando en la final del Mundial del 50 Brasil marcó el primero a Uruguay cuentan que el capitán charrúa Obdulio Varela tomó para sí la pelota y se la colocó bajo el brazo para mandar callar al estadio de Maracaná. Y ya saben cómo acabó aquello. De niños el balón era el mayor símbolo de autoridad. Únicamente el dueño tenía galones para evitar la portería y jugar en la posición que quisiese.
En esa edad todos nos creemos inmortales pero solo alguno lo consigue, como el dueño del balón de esta foto. Así posaban para la posteridad en un suburbio de alguna ciudad holandesa, sin importarles un rábano el porvenir. Era un día de escuela. A Johan se le puede ver el corbatín del colegio por dentro del jersey de pico. Fuera de foco seguro que podríamos observar cuatro carteras señalizando dos porterías. La felicidad viene a ser eso, once niños y un balón a la salida de clase.



