El análisis blanco

Tu Luis Enrique tiembla sólo con ver al gran Zizou

Tomás Roncero
Nació en Villarrubia de los Ojos en 1965. Subdirector de AS, colaborador del Carrusel y El Larguero y tertuliano de El Chiringuito. Cubrió los Juegos de Barcelona 92 y Atlanta 96, y los Mundiales de Italia 90, EE UU 94 y Francia 98. Autor de cuatro libros: Quinta del Buitre, El Gran Partido, Hala Madrid y Eso no estaba en mi libro del Real Madrid.
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La pesadilla del 0-4 del Bernabéu tuvo su fecha de caducidad el mismo día que Rafa Benítez firmó su finiquito. El técnico madrileño sabe que esa noche se suicidó deportivamente al poner un once en el que no creía y así nos fue. Pero con Zidane ha habido un cambio climático que va a alcanzar su esplendor en el Camp Nou. Sólo de imaginarme al apretón inicial de manos con Luis Enrique me vengo arriba.

Querido Santi, recuerda aquel face to face que le hizo en un Clásico en Chamartín. El asturiano no sabía donde meterse. Zizou tiene esas cosas que le hacen único. Elegante, sobrio, pausado y sereno cuando la ocasión lo impone. Pero si saltan chispas es capaz de cambiar el esmoquin por las pinturas de guerra y tu querido Luis Enrique, un follonero incorregible en sus tiempos de jugador azulgrana, lo sufrió en sus carnes con una escena de la que salió escaldado.

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Además, no olvides que Zidane ya puso al Barça en su sitio nada más fichar de blanco satén. Marcó en sus dos primeras apariciones en el Camp Nou con la camiseta blanca (año 2002). En la primera, su gol colaboró para firmar el primer triunfo liguero del Madrid en feudo culé desde hacía 20 años (1-2 en 1983, goles de Juanito y Santillana). Y el segundo fue la memorable vaselina de Zizou a Bonano en el triunfo inolvidable en las semifinales de Champions (0-2), completado con otro golazo de McManaman. Recuerdo cómo vibraron con ZZ los 5.000 madridistas que enmudecieron el Camp Nou en aquella noche de magia blanca...

Por cierto, Zidane fue el héroe de la Novena con un golazo para la historia. Tu Luis Enrique se fue del Madrid al Barça y llegaron la Séptima y la Octava. Como jugador culé no olió una sola Orejona. Él no ganó ninguna. Mala suerte, chaval...

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