No se puede perder con el nombre de Johan en el pecho

Este Clásico, seamos claros, no va a decidir nada en la Liga, pero será un partido que según sea el resultado ofrecerá lecturas que irán más allá que las estadísticas que se reflejarán en la tabla clasificatoria. Descontando unos puntos que parecen intrascendentes, es un partido que si se va a los extremos en el caso del Madrid puede suponer un rearme moral o un batacazo institucional. En el caso catalán, puede ser o una reafirmación de la idea o entrar en un desierto de dudas. No obstante, en este tipo de partidos los extremos son una circunstancia bastante extraña. Y dice la experiencia que cuando se esperan grandes cosas, surge la atonía. El del sábado es un partido más de sembrar que de recoger. Sembrar en la autoestima en la Liga para recoger los frutos en la inminente Champions.
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Tiene el Barça una ventaja inigualable respecto al Madrid en el aspecto táctico. Mientras el Madrid será dirigido por Zidane, el Barça será guiado por dos técnicos. En un lado de la báscula, Luis Enrique, que se sentará en el banquillo del Camp Nou con su querencia habitual a la eficacia. Si algo se puede hacer en tres pases no se hará en diecinueve, no se dará cuartelillo a la autocomplacencia, se será serio en todas las fases del juego y cuando se tenga que sacar el colmillo, estará afilado.
En el mismo lado, y por encima de todo, estará el entrenador que guiará al público y cuyo nombre llevarán los jugadores grabado en la zamarra. En cada momento de duda o complicado del partido, que los habrá, los aficionados deben de hacer de técnico y únicamente deben obligar a los jugadores a mirarse la pechera de la camiseta y ver que ahí pone “Gràcies Johan”. No se puede perder un partido con el nombre de Cruyff en el pecho y con Luis Enrique en el banquillo.



