El cuento de los viajes con las selecciones nacionales

El coitus interruptus que supone el parón de las competiciones domésticas en su tramo decisivo nos lleva a contar kilómetros, inspeccionar el estado del césped de estadios remotos con la única ayuda del Google Street View y a contar, cronómetro en mano, los minutos que disputa cada futbolista del equipo propio y del rival para luego volcar los datos en una hoja de cálculo y hacer con todo ello un cóctel que ofrezca una previsión aproximada de lo que puede pasar el próximo sábado. Nosotros nos lo tomamos como un método moderno, pero para mí no difiere mucho en el índice de acierto de la Hieroscopia, método de adivinación muy popular en su época que consistía en examinar las vísceras de un animal que se acababa de degollar para deducir según el estado del hígado del bicho la voluntad divina. Ahora este sistema nos parece una brutalidad, pero los padres de nuestra civilización lo utilizaban para declarar guerras, concertar matrimonios y deducir si tenían que hacer o no un viaje o ejecutar a alguien. Y estaban convencidos de que funcionaba.
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Afirman algunos que los viajes con la selección aumentan el riesgo de lesión. A mi entender, ese riesgo es el mismo que existe en una sesión de entrenamiento con sus compañeros o en un partido con su club.
Estoy más con la idea de Del Bosque, que afirma que los que juegan con la Selección, luego lo hacen mejor en sus equipos. También Cruyff afirmaba que ir con el equipo nacional era bueno para “limpiar cabeza”. Cambias de compañeros, de hábitos y, seamos claros, si se trata de un amistoso, es lo más parecido a irse de colonias. Así, que pase lo que pase el sábado no será por culpa del cuento ese de los viajes con la selección.



