El despertar de la fuerza
El primer cuarto de hora fue un golpe al hígado del madridismo. Derrota momentánea, el Rayo paseándose, y la afición sacando los pañuelos al palco y al banquillo. Pero apareció Tito, que ayer fue el jugador número 12 del Madrid...


Extraña sensación. Si antes del derbi del Bernabéu me dicen que el Madrid de Benítez iba a firmar una goleada histórica ante el Rayo (¡10-2!), seguro que me habría imaginado eufórico, pensando en frases grandilocuentes y haciendo cuentas para ver en qué jornada vamos a dar caza al Barça y al Atleti a la vuelta de los turrones y los villancicos. Pero el guión fue extraño, ambiguo, como en esas películas que no terminan de convencerte a pesar de haber tenido un presupuesto diseñado para ganar ocho Oscar de Hollywood. Hay que ser realistas y no engañarse. A los once minutos de juego, el Bernabéu era un polvorín. El Rayo había desnudado a la defensa y a Keylor con dos goles inapelables. Además, el tico evitó con una buena parada el 1-3 y parecía que iba a arder Troya. Gritos al palco, a los jugadores, Cristiano pidiendo a la grada que aplacara el fuego de la ira, gente discutiendo en las tribunas... Una algarada de mucho cuidado. Pero el fútbol tiene extraños compañeros de cama que permiten hacer de lo imposible una bendita realidad. En ese contexto, Tito embistió a Kroos como si Ebert le hubiese dado prima doble por buscarle problemas a su compatriota. No fue una entrada de roja. Fue una entrada de tres rojas. Si llega a tener apoyada la pierna, se la hubiese destrozado. Una acción en la medular, en zona de nadie, que aumenta el sinsentido de su enajenación mental transitoria. El suicidio de un Rayo brillante y emergente empezó ahí. Después, Iglesias Villanueva fue muy riguroso con la segunda amarilla a Baena (el penalti sí era). Ese exceso dejó al Rayo con nueve y ya era difícil tomarse el partido en serio. Contra nueve es difícil sacar pecho. Cierto que goles son amores, pero la afición sabía que el pescado ya estaba vendido...
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Bale x 4. Primer póker del galés en el Madrid. Bien por él. Pero hay que pedirle a Gareth que irrumpa así en los partidos de fiesta mayor. Desde su golazo ante Bartra en Mestalla y su gol en la prórroga al Atleti en la noche mágica de la Décima, no hemos vuelto a verle cortar dos orejas en una plaza grande. Cierto que ayer se le vio con ganas, con intensidad, yendo a rematar con fiereza... Lo que hay que exigirle siempre al jugador más caro de la historia del club. Bale, que se repita más.
Nostalgia. Antes de empezar el partido, vi en los monitores de la zona de prensa cómo los compañeros de Realmadrid TV nos recordaban las maravillosas imágenes de Marruecos, con Casillas levantando el título de Campeones del Mundo. Allí estaba Ancelotti, feliz junto a sus chicos. Sergio Ramos, MVP del torneo. Cristiano, exultante por sumar un título más tres semanas antes de levantar su tercer Balón de Oro. El equipo era una piña. La afición disfrutaba de su año mágico con Carletto (¡cuatro títulos!). Era un Madrid que estaba en disposición de tumbar de una vez por todas a ese engorroso equipo del otro lado del puente aéreo. Pero el club dispuso, en pleno parón navideño, un bolo recaudatorio en Dubai. Maldita la hora. El Milán nos enchufó cuatro. Tres días después fuimos a Mestalla, con el jet-lag y el cambio de clima castigando las piernas de los reyes de Europa. Bale fue suplido a falta de quince minutos. El presidente bajó al vestuario y le puso la cruz a Ancelotti por el cambio. Los chicos dejaron de reír. Cristiano pidió la continuidad del italiano. Caso omiso. A la calle. Llegó Benítez. Otro estilo, otro método, otra personalidad. Y pasó lo que ustedes ya conocen de carrerilla. Con lo felices que éramos en Valencia, Lisboa, Cardiff y Marrakech...



