La contracrónica

Marea atlántica

Esta es la autobiografía de una decepción. El Ave sale a las tres de Barcelona a Madrid. En el trayecto transcurre casi todo el partido, así que lo dejé grabando. Pedí a todo el mundo, al AS, al taxista, a mi familia, que me ocultaran el resultado.

Juan Cruz
Actualizado a

Mensajes. El primer mal presagio fue del taxista. Me reconoció por mi voz, que escucha en la SER, y sabe que soy del Barça. Le dije que no se le ocurriera decirme el resultado. Entonces me preguntó: “¿Pero le puedo contar un chiste?” Cuando un madrileño, presuntamente madridista, quiere hacer un chiste sobre un resultado del Barça es que tiene una información que le satisface. Le dije que no, que no tenía el cuerpo para chistes. Al cabo de un rato, cuando ya había visto los dos cañonazos, el de Messi, soberbio, y el de Rakitic, fuera de órbita, recibí un mensaje de Manuel Rivas, el poeta autor de un libro memorable, ‘El último día de Terranova’, que me escribía este wasap desde su tierra, A Coruña: “Marea atlántica en el Camp Nou”. Ya se me atragantó la segunda parte, desde el inicio.

Cuesta abajo. El ánimo, pues, se fue yendo cuesta abajo, como el Barça. Lo peor de ser aficionado (en fútbol o eres aficionado o esto es tan aburrido como el crícket) es que tienes dos humores posibles: la tristeza, o melancolía, o la alegría. La alegría es un estado de euforia bastante simplón, porque en realidad te pones contento por algo en lo que no te juegas absolutamente nada; pero sentimentalmente te lo juegas todo. Cuando el Barça iba ganando 2-0 y en realidad ya se podía intuir por esos malos presagios que (fuera del diferido) el Barça había empatado o perdido, sentí que estaba ante una imposibilidad: ni rebobinando se iba a mejorar el mal presagio. En ese momento, cuando todavía no tenía ni idea del resultado, llegó un presagio suplementario, pero definitivo, desde la Redacción de AS: me pedían un texto largo sobre el partido. Los textos de victorias azulgrana, a no ser que se produzcan en situaciones excepcionales, suelen ser de 932 ó 1.200 caracteres; con los fracasos del Barça suelen ser más generosos: y esta vez me pedían 3.423 caracteres. Eso es que el Barça había palmado, pensé. Y así fue: palmó…, merecidamente, y merecidamente estoy purgando ahora mi melancolía.

Noticias relacionadas

Somnolencia. Al final del partido, cuando ya se había consumado el empate y la marea atlántica de los de Manuel Rivas seguían disparando desde la mítica Terranova para desesperación de Luis Enrique, había en el estadio una mirada rabiosa: la de Neymar. Con las manos y con el rostro estaba mostrando lo que los comentaristas decían en la radio. El Barça dejó de atacar con orden, dejó de trenzar jugadas de peligro, y se retiró, en su somnolencia, a una siesta que precipitó su posterior desastre. Para remontar ese estado de laxitud, Neymar parecía reclamar con Rafinha juego, más juego, velocidad, organización. En dos partidos fallidos de Busquets, que fue clamorosamente faltón en este partido, el Barça se ha dejado cuatro puntos por el camino; en un partido que parecía poderse ganar sin más esfuerzo que el de aquellos dos goles desde fuera del área, el Barça se entregó a la voluntad del Depor como si caminando pudieran batir a los guerreros de esa marea.

Mareo. El Barça acabó mareado. Ahora ya se sabe cómo sigue esta historia: cabreo del entrenador, revisión de la plantilla, cuestionamiento de los que se han ido dejando llevar por la facilidad con que antes se ganaba, hasta que se produjo el fracaso de Valencia y la decepción de Leverkusen. Nos van a tener mareados hasta enero, y luego se producirá, quizá, la remontada. Pero el desánimo, que viví en diferido, ya no nos lo quitan ni los eternos rivales si éstos fallan en sus respectivos compromisos. Ahora, ay, dependemos del humor del Madrid y de los humos del Atlético. Que Neymar nos coja confesados.

Te recomendamos en Opinión

Productos recomendados