El sueño de Río huele a frustración
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Si antes del Mundial el sentimiento que imperaba en Brasil era la rabia por los escándalos de corrupción y el despilfarro para construir estadios innecesarios, ahora la frustración es la emoción más frecuente entre los cariocas cuando el tema de conversación son los Juegos de 2016. El sueño de los brasileños era que el evento provocara en Río de Janeiro el mismo impacto que hizo con Barcelona en 1992. Una transformación radical y positiva en las infraestructuras y la imagen general de la ciudad y en la calidad de vida de sus moradores. Los Juegos de Barcelona tienen un significado especial para los brasileños y los recordamos con mucho cariño. Ahí ganamos, con el voleibol masculino, nuestra primera medalla de oro en deportes colectivos.
Además, Barcelona siempre despertó un encanto especial en Brasil porque era el ejemplo de cómo unos Juegos pueden cambiar la cara de una ciudad. Nos habían prometido descontaminar la paradisíaca Bahía de Guanabara, expandir las líneas de metro, modernizar las infraestructuras y estimular la práctica del deporte competitivo en las favelas como iniciativa de inclusión social. Y lo que se ve, a un año de su comienzo, es muy frustrante. Promesas no cumplidas, obras atrasadas y un paraíso natural que huele a alcantarilla. El sueño olímpico que ilusionaba, al final, se ha descubierto una mentira. Será una chapuza. Un parche. Todo hecho con improvisación, a última hora y sin un legado real para la ciudad de Río de Janeiro y sus moradores.




