José E. García

El Cosmos de Raúl no sabe perder y Villa, ausente en combate

En este país donde la realeza y la mitología la proporcionan los estudios de Hollywood, no pudo haber mejor guion para el fútbol español en el extranjero que el enfrentamiento entre los dos máximos goleadores de la Selección Española. Como si lo hubiese escrito nuestro propio dramaturgo de “La Roja”, Luis Aragonés. Un cartel estelar: Raúl contra Villa en la US Open Cup. El torneo más prestigioso y antiguo de los Estados Unidos, tercero en el mundo, que se ha celebrado sin interrupciones desde 1914, incluyendo los años de guerra.

La expectativa era superlativa puesto que ambos equipos llegaban a este duelo en su mejor momento. El Cosmos de Raúl acababan de coronarse campeones invictos de la NASL en la primera vuelta, y el New York City F.C. venía de ganar dos partidos consecutivos con un Villa cada vez más oportuno de cara al gol.

Lleno a rebosar con más de 11.000 espectadores y los hinchas de cada equipo animando con canticos desde el inicio del calentamiento, el Shuart Stadium se convirtió en el mayor escenario del fútbol norteamericano. Los “Five Points” (Cinco Puntos) de los Cosmos replican el coro de las Barras Bravas argentinas con sus tambores, canticos en español, banderas alargadas, paraguas y confeti. Por parte del City, los “Third Rail” (Tercer Rail) simulan la hinchada inglesa con sus palmadas y brazos estirados al compás de canticos repetitivos.

Toda una fiesta del fútbol que provocó cierta inquietud y sospecha entre el público cuando Villa no salió a calentar antes del partido. Más tarde, a pesar de hacer algunos calentamientos en el segundo tiempo, el asturiano se pasó todo el partido en el banquillo. Gran decepción para los amantes del fútbol.

Quizás se pueda entender que Jason Kreis y el cuerpo técnico del City no hayan querido arriesgar la recaída del delantero campeón del mundo en un campo de hierba artificial, pero en momentos de tal magnitud histórica hay que pensar en la afición y trascender la lógica. Tal como cuando hay un fenómeno astronómico que se cruzan dos astros en el cielo. Se hace pausa en la vida cotidiana para observarlo porque es algo único que quizás no vuelva a ocurrir.

Por casualidad hace justamente 56 años, en el mismísimo día y hora, se cruzaron dos astros del fútbol. Se enfrentó Alfredo Di Stefano, con su Real Madrid, y Pelé, con su Santos, en el Santiago Bernabéu (miércoles, 17 de junio de 1959). Por la lógica de evitar lesiones, no tendría que haber jugado el hispano-argentino puesto que ya tenía una edad avanzada para un jugador y el partido simplemente era un amistoso. Pero Alfredo jugó, y jugó muy bien dejando para toda la posteridad su testamento en el perpetuo debate de ¿quién ha sido el mejor futbolista de todos los tiempos? Por hacer presencia en dicho encuentro que transcendió la historia, los amantes de fútbol le estamos eternamente agradecidos.

A pesar de la notable ausencia, el duelo de los equipos neoyorquinos fue digno de esta copa centenaria y le dio al espectador un festival de fútbol: remontada en el minuto 90, prorroga con disparos al poste, un penalti al larguero, doble ronda de penaltis y victoria de los locales. 130 minutos de emoción. Mejor que una película de Hollywood.

El fútbol no se mide por los números en un marcador o los ornamentos metálicos en una vitrina, sino por la alegría que trae a sus aficionados para quien este deporte pueda que sea de los pocos alivios que hay en su vida rutinaria. Kreis desaprovecho la grandeza del momento y nos negó un recuerdo histórico que apreciaríamos para siempre. Aunque el City gane la MLS, salvo sus aficionados, en 56 años pocos recordaran que fue campeón, pero sí que se recordaría que Raúl y Villa se vieron cara a cara trayendo consigo todos los posibles logros del fútbol mundial.

Ganó el que puso su mejor equipo en el campo y dio a sus aficionados todo lo que se merecen. Ganó el que, a pesar de sus 37 años, no dudo en entregarse cuerpo y alma a su equipo. Ganó el fútbol. Ganó el equipo del pueblo. ¡Viva el fútbol!